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Visible crisis futbolística


Más allá del empate contra la modesta isla de Granada, una selección semiprofesional integrada en su mayoría por entusiastas aficionados, la cara del técnico nacional, Hernán Medford, es tan solo la parte más visible de una crisis futbolística que vive el país y cuyo origen está en la profundidad de sus bases.
No es culpa de Medford, ni de Guimaraes, ni de Pinto, ni de Sampson ni de sus antecesores el tener que escoger entre jugadores que ganan millones de colones, pero que ni siquiera dominan conceptos básicos del balompié moderno, como patear con ambas piernas, dominar el balón, moverse en bloque, etcétera, fundamentos que tendrían que manejar desde sus etapas tempranas de formación.
Empero, los medios de comunicación llenamos de elogios a estos ídolos de barro, exaltando sus éxitos relativos en la mediocridad de nuestro Campeonato Nacional, sin fijarnos en los defectos mayúsculos que suelen evidenciar en la competición internacional.
De trasfondo están las ligas menores de los equipos de primera división, que con el beneplácito de los dirigentes fueron invalidadas de competitividad por futbolistas retirados que se convirtieron en improvisados pedagogos, incapaces de formar integralmente, como personas y como deportistas, a los atletas del mañana, esos mismos que hoy no tienen la capacidad de derrotar a un rival tan débil y falto de tradición como Granada, y que al mismo tiempo no solo desnudaron debilidades técnicas y tácticas, sino que dispararon más excusas que tiros a marco ante la complacencia de un sector de la prensa futbolística.
Lo que sí es culpa de Medford es prometer en medio de tanta limitación, después de una racha de 11 fogueos sin ganar. “Lo que importa es el examen final, el partido oficial, es entonces que tenemos que demostrar que podemos jugar bien”, dijo en su momento.
Gracias a un error descomunal del árbitro Neal Brizan, que no sancionó una clara falta de penal de Víctor Cordero, el resultado del sábado pasado no alcanzó un 3-0 casi mortal, y también gracias a un primer gol regalado por el portero rival y a la posterior expulsión de Ricky Charles, Costa Rica pudo rescatar un 2-2, un empate en forma de dedo con el que se pretende ocultar el sol. Pero los rayos quemantes se filtran por los poros de la razón haciendo sentir una dolorosa realidad: el fútbol costarricense está mal desde sus bases, y seguirá así mientras los dirigentes no entiendan que se requiere un proceso profesionalizado desde las ligas menores hasta el fútbol mayor.
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