Tomas Nassar

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Jueves 1 Noviembre, 2007

Vericuetos

Tomás Nassar


Pekín. Dos. El martilleo no cesa ni un instante. De día o de noche, es igual. Esta ciudad no duerme. Desde la ventana de mi habitación en el Distrito Financiero, cuento once grúas. Muchas otras, ocultas por los edificios, se confabulan también en esta desenfrenada carrera vertical. Las obras no paran. Con la luz del día o sin ella, los obreros se mueven inagotables, interminables. Ese martilleo a todas horas, que no deja dormir. Un piso completo cada cinco días nos cuenta el ex embajador de China en México. ¿Imposible? Nada que se quiera de verdad. Disciplina y trabajo duro, repiten.
Domingo por la noche. Las once. Las luces de potentes focos iluminan a los obreros en los edificios que se levantan uno tras otro.
El Dr. Wang nos cuenta: todo comenzó en el campo con el sistema de “responsabilidad por contrato”. Los campesinos trabajan la tierra con el compromiso de entregar al Estado un porcentaje de la cosecha. El resto es suyo. China, dice, ha aprendido de sus propios errores, muchos del dogmatismo de su Revolución Cultural, para concentrarse en producción y bienestar de la población. Las medidas aprobadas por el Comité Central condujeron a la reforma y la apertura, potenciando la inversión extranjera y liberando la producción de bienes y servicios.
Este es un país comunista y no hay señales de que eso vaya a cambiar. Tampoco parece que los chinos en la calle estén especialmente preocupados por el tema. Las inquietudes de los jóvenes son las mismas: educación y trabajo, oportunidades y progreso. La apertura aprobada por la dirigencia ha permitido a este gigante volar a un nivel donde ya es inalcanzable. Al menos en las ciudades, el postulado de ofrecer bienestar a la población parece que se está cumpliendo. Trabajo: palabra que lo resuelve todo.
El presidente Arias llegó el 22. La Plaza Tian’anmen, colmada de banderas de Costa Rica. Muy pocos sabrán de qué país son. Una nación amiga, nos indica el guía sin tener ni la mejor idea mientras cruzamos la célebre plaza donde reposan los restos del presidente Mao. Cuatro o cinco millones de ticos, 1.300 de chinos. Detalle curioso: en este país la mayoría no tiene hermanos, tíos o cuñados.
La bienvenida oficial de Arias por Hu Jintao en el Palacio del Pueblo, gigantesca obra de sobriedad y belleza solo concebibles en esta nación de dinastías, construida en solo diez meses. En la plaza, las tres armas del ejército chino. Hu Jintao baja la escalinata a la hora exacta del programa. Menos de 30 segundos después, el vehículo con el presidente Arias. Precisión china. En el lado de los ticos decenas de flashes no pierden detalle. Detrás voces insistentes: no más fotos, por favor. Después de todo, para la mayoría, esta será una experiencia irrepetible. Un par de metros nos separan del líder del país más poblado del mundo, reelecto apenas ayer en el XVII Congreso del PCC.
La presentación de las delegaciones, los himnos nacionales y de fondo 21 cañonazos. La revista de guardia protocolaria, el desfile del escuadrón y listo, nos vamos. Quince minutos exactos. Precisión china. Los delegados oficiales se quedan. Buena suerte, don Oscar; que logre mucho para Costa Rica.
Emotivo ver a nuestro Presidente al lado de Hu. Al César lo que es del César, Arias ha sabido poner a Costa Rica en la primera fila de las grandes ligas.