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¡Vamos de nuevo!

La palabra “oportunidad” proviene del latín “opportunitas” que es la combinación de “op” (antes) y “portus” (puerto). Concluir un año e iniciar otro es similar a llegar a un puerto desconocido, a nuevas oportunidades. ¿Cómo prepararnos para arribar con capacidad para aprovecharlas?
Siempre, al llegar a un nuevo destino, periodo o etapa de vida, llevamos en la maleta el propósito de mejorar. El problema es creer que eso se logra solo con buenas intenciones y aplicando las fórmulas de ayer, las mismas que no dieron resultado. Hay personas y equipos de trabajo que año tras año logran iguales o peores resultados por más que se esfuerzan. ¿Razón? Navegaron por las mismas aguas, con recetas obsoletas y, por supuesto, no acumularon años de experiencia sino repetición de años.
Realmente se debe ser muy autocríticos antes de llegar al nuevo puerto. Esto significa analizar qué hicimos en la travesía anterior, qué habíamos pretendido lograr y qué concretamos, cuáles fueron las razones de fondo para los resultados obtenidos, sean estos positivos o no. Cuando se fracasa, estas simples preguntas son evadidas por quienes se eximen de responsabilidades y prefieren ensañarse en excusas o nombres a quien adjudicarlas. Cuando se triunfa conviene ser sensatos para no despegar los pies de la tierra y ser agradecidos con quienes nos ayudaron a avanzar por la ruta empedrada que antecede al éxito.
La autocrítica requiere humildad, objetividad, tolerancia, aceptación y hasta el don de perdonar y perdonarse. Un análisis profundo de qué se hizo bien y qué no, proveerá lecciones, que son el ingrediente vital para hacer las cosas cada vez mejor. Bertrand Russel decía que “para qué cometer los mismos errores habiendo tantos nuevos e interesantes por cometer”.
Si arribamos al siguiente puerto con un buen equipaje de aprendizajes, sabremos sacar ventaja ante las oportunidades. Creceremos al modificar modos de pensar que no funcionan, al escuchar a quienes antes nos quisieron enseñar algo valioso y los rechazamos, al atrevernos a aplicar lo aprendido y, en especial, al elevar la calidad de pensamientos para dejar atrás los que no construyen nada bueno ni alimentan el espíritu.
Quienes ostentan posiciones de liderazgo tienen la irrenunciable responsabilidad adicional de crecer significativamente, porque su altura marca el nivel al que puede aspirar llegar su equipo. Lo logran quienes comprenden que madurar no se trata de tener más, sino de ser más, la mejor decisión que podemos asumir al iniciar un nuevo periodo.
Si todos los viajeros de un equipo van al nuevo puerto habiendo “crecido” en el período anterior, entonces sí vale la pena desembarcar y reemprender con ilusión la marcha hacia las oportunidades que depara un nuevo año.

Germán Retana
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