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Valores y tecnocracia en tiempos de “posverdad”

Miguel Angel Rodríguez [email protected] | Lunes 30 enero, 2017


Es esencial volver a los conceptos básicos que fundamentan nuestras constituciones democrático-liberales: libertad, fraternidad, igualdad

Valores y tecnocracia en tiempos de “posverdad”

Cuando cayó el muro de Berlín y con ello también el mito de la racionalidad de la planificación central y las autocracias, muchos creímos que un gran consenso en libertad, democracia y mercados abiertos fortalecería el desarrollo político de las naciones, la gobernanza internacional y el desarrollo humano. Para muchos ese hecho significaba que se hacía realidad el fin de las ideologías planteado por Daniel Bell en 1960, tal como lo dictó Fukuyama en “El Fin de la Historia” (La llegada del mundo de la libertad).
Algunos creímos que ante el naciente consenso en valores, la diferenciación política debería basarse en la especificidad de sus planeamientos técnicos: LA TECNOCRACIA. Sabíamos las dificultades de diferenciar mensajes políticos basados en especificidades programáticas, pues es difícil expresarlos con claridad en pocas palabras y segundos, las personas tienen múltiples ocupaciones y racionalmente limitan el tiempo que dedican a informarse de planteamientos serios y mucho ruido interfiere con la comunicación, principalmente diversos entretenimientos compiten con nuestros mensajes y los dificultan. Pero creíamos que el criterio de los especialistas sería atendido por los ciudadanos.
Hoy sabemos que la libertad es muy terca y la realidad fue otra.
No se dio el consenso en valores de libertad y eficiencia. Y hoy, el populismo con frecuencia vence a los planteamientos tecnocráticos, como ocurrió en la campaña entre la Sra. Clinton y el presidente Trump. La fría tecnocracia no transmite compromiso de los políticos con los problemas y angustias de los ciudadanos y no es valorada por ellos.
Ahora vivimos el tiempo de la “posverdad”: los hechos objetivos tienen mucha menor influencia.
Las personas en las elites de poder se consideran educadas, que entienden lo que es conveniente para todos, y su autosatisfacción con frecuencia los hace ser insensibles a las personas comunes, que sufren los costos de los cambios cuyos frutos no disfrutan.
A su vez las personas perjudicadas ven a las de las elites como distantes, indiferentes, incapaces de entenderlas y sin ningún compromiso con su situación. Las ven como defensoras de instituciones que creen no las favorecen.
Y se sienten sin oportunidad para disfrutar en las ganancias del crecimiento
Por ello es esencial volver a los conceptos básicos que fundamentan nuestras constituciones democrático-liberales: libertad, fraternidad, igualdad.
No es cierto que haya consenso sobre la importancia de estos valores. Es tarea de políticos y formadores de opinión rescatar su importancia y la urgencia de respetar sus consecuencias.
Además debemos encarar con realismo los justos reclamos de las personas que —marginadas por la apertura comercial, la migración y en mucha mayor medida por el avance tecnológico— ven perdidos sus trabajos. Y no se trata de solo repararles la pérdida de ingresos, sino también la oportunidad laboral que sustenta la satisfacción de su hacer y su autoestima. No es solo solidaridad, es también fraternidad.
No podemos cometer la barbaridad de olvidar que el mayor progreso en las naciones se ha logrado con la democracia liberal asentada en el respeto a la dignidad de personas solidarias y en los derechos humanos, con eficiente estado de derecho y mercados abiertos y competitivos.
Solo así se podrá vencer al populismo que explota resentimientos y frustraciones.


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