Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 13 Marzo, 2015

Solo construyendo una democracia real, basada en la justicia social y en el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano se logrará una paz duradera


Una patria para todos

Cuando hablamos de Patria, solemos referirnos a un territorio cuyas fronteras han sido reconocidas a la luz del derecho internacional. Esa definición es correcta pero no enfatiza en lo esencial: su población.
Ahora bien, cuando hablamos de población solemos aludir al aspecto cuantitativo: un montón de gente. Lo cual también es cierto. Sin embargo, esto mide tan solo la cantidad como si de una manada de animales se tratara, cuando en realidad estamos hablando de SERES HUMANOS, de personas dotadas de libertad(es) reconocida política y jurídicamente, de sujetos con deberes y derechos.
A esos seres humanos los calificamos como CIUDADANOS… Es entonces cuando el número se reduce. Gente que vive en la miseria o que sufre la discriminación, cualquiera sea la excusa, como sería alegar motivos religiosos, ideológicos, legales, étnicos, raciales, clasistas, culturales, de nacionalidad, etc., en la práctica son tratados como seres infrahumanos; algunos incluso son penalizados. Luego de las dos más cruentas guerras que conoce la historia, la humanidad se ha propuesto combatir toda forma de discriminación. Desde su fundación (1947) Las Naciones Unidas han promulgado LA CARTA DE LOS DERECHOS HUMANOS, a tenor de lo cual se debe concluir que solo se puede reconocer como DEMOCRACIA aquel sistema político que se inspira en el ejercicio real de los derechos humanos.
Esta concepción jurídica y política se inspira en la filosofía estoica y la espiritualidad judeo-cristiana que proclaman el universalismo ético, que postula el reconocimiento de la dignidad de TODOS los seres humanos y no solo de algunos. De ahí el principio constitucional que está en la base del derecho y que dice: “Todos somos iguales ante la ley”.
Lo cual está muy bien formalmente. Pero en la práctica, debemos reconocer con amargura que estamos lejos de que estos bellos postulados sean hábito cotidiano de los ciudadanos y de sus gobiernos. Amplios sectores de la población se ven sistemáticamente —y no solo esporádicamente—excluidos del ejercicio real de sus derechos constitucionales. De ahí que la tarea de construir una sociedad auténticamente democrática se convierte en un deber ciudadano —el prioritario— de todos los días.
Quienes claman masivamente por sus derechos son aquellos que (re)sienten la marginación más crudamente. Por eso luchan por hacerse reconocer como ciudadanos plenos, recurriendo, si es del caso, a la violencia directa enfrentando a las tiranías, u organizando protestas callejeras, o recurriendo a otras formas de disconformidad, en el caso de quienes viven en el seno de una democracia formal.
Estas protestas suelen tener una raíz socio-económica o política. Pero en la actualidad se dan otras manifestaciones, frecuentemente menos beligerantes, pero no por ello menos combativas, que cuestionan hábitos pseudoculturales.
Los prejuicios inspirados en abominables y anacrónicos atavismos culturales suelen ser los más difíciles de quitar por su arraigo ancestral y legitimidad en la vida cotidiana.
Todo lo anterior explica la agitación que hoy viven los pueblos en todo el planeta. Solo construyendo una democracia real, basada en la justicia social y en el reconocimiento de la dignidad de todo ser humano se logrará una paz duradera.
 

Arnoldo Mora