Enviar
Jueves 10 Septiembre, 2015

Son relativamente pocas y débiles las vinculaciones que las empresas extranjeras que se instalan en el país tejen con el aparato productivo local

Una nueva política de atracción de inversiones


La semana pasada el BID presentó en nuestro país el libro ¿Socios o acreedores? Atracción de inversión extranjera y desarrollo productivo en Mesoamérica y República Dominicana, un conjunto de reveladoras investigaciones sobre el papel que ha jugado la IED en las economías de la región.
Su mensaje es simple. La IED ha sido un factor fundamental de crecimiento y de estabilidad para economías como la costarricense, pero su impacto pudo haber sido mucho mayor si se hubieran creado espacios para una mayor complementariedad con el resto del aparato productivo.
Es claro que la estrategia de atracción de inversiones costarricense ha sido muy exitosa. En las últimas tres décadas el país ha logrado atraer importantes empresas internacionales en actividades y sectores cada vez más complejos y sofisticados. A este resultado claramente ha contribuido una agencia de promoción efectiva y competente y las indiscutibles ventajas competitivas del país, particularmente sus altos niveles de capital humano.
Desde la perspectiva macroeconómica, la IED ha sido no solo un factor de crecimiento económico sino que además ha reducido la vulnerabilidad del país, pues se trata de capitales menos volátiles que han constituido una fuente de financiamiento confiable para la brecha externa.
Por otro lado, aunque la IED ha disfrutado de importantes beneficios tributarios, no son los temas de fiscalidad los más cuestionados. Ciertamente en tiempos de estrechez en las finanzas públicas cada cinco cuenta; sin embargo, las exoneraciones que disfrutan las zonas francas representarían menos de 1% del PIB y están lejos de ser el componente más importante del gasto tributario costarricense.
Pero, ¿podríamos sacar más provecho de la IED? La respuesta es claramente sí. Hasta hoy, son relativamente pocas y débiles las vinculaciones que las empresas extranjeras que se instalan en el país tejen con el aparato productivo local, lo que tiende a ensanchar disparidades y dualidades.
¿Cómo se corrige este sesgo a operar como enclave que muestra la IED debido a la ausencia de capacidades locales? La respuesta es complementar las acciones de atracción de inversión con políticas públicas efectivas que promuevan la competitividad y la productividad de las empresas locales. Estas acciones, bien diseñadas, deben orientarse a que el tejido productivo nacional no solo pueda vincularse indirectamente con el exterior a través de las firmas multinacionales, sino que, además, pueda ser más eficiente incluso en la producción de bienes y servicios dirigidos al mercado local, mejorando de esta forma la competitividad global de nuestra economía.
El pecado original de las políticas de atracción de inversiones de las últimas décadas ha sido, paradójicamente, no haberlas acompañado con acciones de similar fuerza e intensidad dirigidas al mejoramiento del acceso al financiamiento, al fomento de la eficiencia productiva y de la innovación, a la capacitación y formación de emprendedores y trabajadores y, en síntesis, a la creación de mercados internos más competitivos y eficientes.
Corregir ese pecado original no significa desarticular —por caprichos ideológicos o por resentimientos— la política de atracción de inversiones actual, implica el enorme reto de impulsar y ejecutar una política industrial moderna, que entienda el papel de los mercados y de los incentivos en el desarrollo de las oportunidades productivas y que evite caer en los peligros del intervencionismo injustificado e irreflexivo.

José Luis Arce

Cefsa