Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 15 Enero, 2015

No tenemos garantía de que asaltos como el de París y el de Honduras no vuelvan a repetirse mientras la intolerancia tenga fuerza


De cal y de arena

Una guerra inevitable 

I.- Lo peor del ataque al semanario francés Charlie Hebdo es la fundada presunción de que esta expresión brutal de la intolerancia se repetirá en algún lugar del orbe.
El fanatismo religioso arropa el extremismo de los terroristas encubiertos en una interpretación antojadiza de los fundamentos de una de las grandes religiones monoteístas para imponer a sangre y fuego su código de conducta. Víctimas, la libertad de expresión y quienes hacían uso de ella en un periódico practicante de la sátira y el irrespeto hacia todo lo que cobrase estatura criticable, su estilo distintivo.
Años atrás fue el escritor Salman Rushdie el objetivo de la fatua del ayatollah Khomeini también por derivación de la intolerancia y el fanatismo. Como en los tiempos de la Inquisición. O de las campañas que en nombre de un ideal redentorista se tomaban las formas de la guerra de guerrillas. Está nuestro mundo arrastrado por las convulsiones de una realidad desenfrenada, que pinta estar fuera de todo control con los recursos convencionales, impotentes ante el asalto al semanario igual que lo fueron para impedir el ataque aquel 9-11 al corazón símbolo del imperio, las Torres Gemelas y el Pentágono.
Es una versión próxima a la guerra de guerrillas, ya con recursos sofisticados, refinada capacitación y una total ausencia de los valores que sustentan la cultura de sociedades en coexistencia que hacen más complicado su combate.
Los gobiernos, solidarios con Francia, se emparejan para asumir el desafío que plantea un fanatismo muy bien organizado, invisible y dispuesto al baño de sangre. Vamos para una guerra de otras connotaciones, muy difícil, de altos riesgos también para la coexistencia armoniosa de valores como la libertad y la seguridad.
II.- Reacciona con estupor el mundo por lo que hoy ocurrió en París y por lo que en setiembre de 2001 ocurrió en Nueva York y en Washington. Sin duda, las dimensiones de un ataque a estos centros de poder han jugado un papel decisivo para conformar el tamaño y las repercusiones de la ira desatada. Quizá por ahí ande la razón de las diferentes reacciones, según donde se haya dado el golpe.
Es decir, no dejemos de preguntarnos cuántas muertes, cuánta destrucción, cuánta inestabilidad, cuánta miseria trajo la orden del presidente George Bush de invadir Irak para destrozarle sus arsenales de armamento nuclear en una caprichosa imposición de una falaz señal de peligro representada por el régimen de Hussein ni cuánto de la convulsión y la anarquía geopolítica de estos días procede de aquellos errores.
III.- Tampoco olvidemos que en Honduras más de 20 periodistas han perdido la vida por desempeñar su profesión con el sello distintivo del ejercicio de la libertad de expresión. Una realidad que permanece prácticamente soterrada, con pocos recordatorios de su existencia en los anaqueles de la vergonzosa realidad política de nuestro patio. Sí, allá en París arremetieron contra la libertad de expresión. En Honduras también. No tenemos garantía de que asaltos como el de París y el de Honduras no vuelvan a repetirse mientras la intolerancia tenga fuerza.

Álvaro Madrigal