Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 8 Enero, 2015

El acercamiento tiene las connotaciones de un salto al vacío: el país puede caer parado pero también puede salir mal quebrado


De cal y de arena

Una alianza no pacífica

Con las notas propias de un salto al vacío (de los que tanto parecen disfrutar en las altas instancias de la administración Solís) se propone considerar la incorporación de Costa Rica a la Alianza del Pacífico, un tratado del que son parte Chile, Perú, Colombia y México dirigido a constituir entre sus miembros un mercado único, libre de interferencias arancelarias y asiento de la irrestricta movilidad de los factores de la producción (entiéndase libre tránsito de mano de obra, de bienes y de servicios). Responde a las concepciones más depuradas del aperturismo fronterizo, lo que provoca las fantasías de sus incondicionales que desde 2012 vienen empujando esta iniciativa y que hoy lo hacen con más bríos a resultas de la acentuada presencia de sus corifeos en el equipo económico del gobierno. El acercamiento tiene las connotaciones de un salto al vacío: el país puede caer parado pero también puede salir mal quebrado. Si se nos rechaza la incorporación porque se consideren inadmisibles las condicionalidades que anteponemos, se salvarían importantes sectores de la estructura del aparato social y económico costarricense más vulnerables ante un derribo de fronteras. Si se rechazan las condiciones dirigidas a preservar una amplia e importante gama de exclusiones logradas en los tratados ya suscritos con México, Chile, Perú y Colombia, y aun así el gobierno resuelve integrarse a ATP por la gracia de la presión de los aperturistas, aquí la bancarrota de muchas empresas sería una realidad sobre todo en los sectores industrial y agropecuario. Amén de la mano de obra y los servicios, en la Alianza está convenido el libre tráfico para el 92% de los rubros; el 8% está sujeto a un calendario de desgravación de distintas fechas para cada signatario. Solo el azúcar (¡qué curioso!) y el etanol tuvieron abogados que los pusieran a buen recaudo en la negociación.
Dentro de los 13 tratados comerciales que hemos suscrito están los firmados con México, Perú, Chile y Colombia (este pende de la ratificación legislativa). Allí hemos cautelado los rubros en los que nos sentimos frágiles o atenazados por factores de desventaja en los que no hemos concedido reducciones o supresiones arancelarias. Es de entender que esas defensas las perderíamos si la entrada a ATP se da con renunciamiento total a las exclusiones individualmente pactadas, todo un alarmante trance del que están advertidos el Presidente de la República y el Ministro de Comercio Exterior. Han prometido consultar a los sectores productivos de previo a la negociación formal con la Alianza, consultas en las que toparán con aliados y detractores. Sin duda y por la dimensión de los riesgos que importa la propuesta de aliarnos a un pacto al que iríamos sin nichos exceptuados y en el que eventualmente nos toparíamos con Australia y Nueva Zelanda y sus dominios en el mundo de los lácteos, este es un expediente altamente ruidoso y controversial, de altos costes políticos para el presidente Solís. ¿Para qué asumirlos si al final del camino no serán de recibo nuestras excepciones al libre comercio?

Álvaro Madrigal