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Un modelo de desarrollo sostenible y justo, no una carrera armamentista, es lo que puede conducir al mundo a una paz duradera

Un modelo para la paz

El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz al presidente de Estados Unidos, Barak Obama, debería mover al mundo, ante todo, a reflexionar sobre el imperativo que la humanidad tiene en estos momentos de abandonar la carrera armamentista y la proliferación de armas nucleares.
No obstante, muchos aún persisten en ello, sin percatarse de que es el mantenimiento de la paz y el encauce de todos los esfuerzos hacia la posibilidad de continuar el desarrollo por una ruta sostenible y justa, lo que debe ocupar su atención y sus acciones.
Especial obligación tienen, en ese sentido, quienes más han contribuido a poner en peligro el equilibrio del planeta y su ambiente con un modelo desprovisto de esta y otras responsabilidades.
Mientras las consecuencias de esta forma de crecer se manifiestan por todas partes con cambios climáticos, inundaciones, sequías, deshielo de los polos y otras múltiples calamidades, hay quienes aún se desviven por obtener armamentismo nuclear, sin comprender que la única opción en este momento es que el esfuerzo se dirija hacia la vida no hacia la muerte.
“El mundo gasta $3.500 millones diarios en armas y soldados”, dijo el presidente Oscar Arias recientemente en reunión especial del Consejo de Seguridad de la Organización de Naciones Unidas.
Mientras tanto, más de 5 millones de niños mueren de hambre en el mundo cada año, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación.
Es evidente que algo está muy mal. Los encargados de la toma de decisiones deberían dar muestras de una mayor conciencia. Algunos pareciera que ya la evidencian. Otros de manera incomprensible siguen sordos y ciegos ante la realidad. Un autismo del que lamentablemente sufriremos las consecuencias todos, no solo ellos.
En estas carreras por demostrar quien tiene más armas para aniquilar a los demás, se desgastan los recursos tan necesarios para otros fines, mientras tanto, el hambre, la educación y la salud de millones esperan un asomo de evolución en la especie humana, para una convivencia solidaria y pacífica sobre este planeta, el único que tenemos por ahora para vivir y del cual no somos dueños, sino inquilinos momentáneos.
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