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Jueves 25 Enero, 2018

Tres tipos de candidatos y una elección

¡Somos una democracia vibrante! ¿Quién lo diría? Trece candidatos presidenciales en un país de nuestras dimensiones puede parecer ridículo; sin embargo, ha sido la regla en las elecciones del presente siglo. Muchas son las razones detrás del auge de nuevas fuerzas políticas que pasaron de su típico 1% de apoyo a asustar a más de uno por su presencia en las encuestas. Este cambio exige una nueva forma de entender el panorama electoral. Por ello propongo una clasificación sencilla de los candidatos que facilitará tomar una a todos aquellos que decidan ir a votar en febrero próximo.

En realidad, los trece candidatos se resumen en tres tipos. Esto puede sonar extraño, pero se explica con facilidad. En primer lugar tenemos a los candidatos que no tienen posibilidades de ser electos. Esta categoría reúne a siete de los trece candidatos y se conforma de aquellos que, sabiendo que no ganarán, encuentran en la política un negocio lucrativo; así como aquellos que lanzan su candidatura con buenas intenciones (de esas que empiedran el camino al infierno). Se puede votar por estos candidatos por principios, amistad, convicción, pero su voto solo valdrá en la papeleta a diputados. En el caso de la Presidencia es un voto que no hará mayor diferencia.

El segundo grupo lo componen los candidatos que pueden ser electos, pero que no deberían. Este grupo es complejo, ya que incluye a candidatos de cinco partidos políticos, tanto tradicionales como a las nuevas fuerzas radicales que se han logrado abrir espacio entre el electorado. No solamente es posible que de este grupo salga el próximo presidente de la República, sino que además es un hecho que uno (o dos) de sus integrantes estará en la segunda ronda —que solo una gran sorpresa evitaría—.

Cada vez que este tipo de candidato habla, saca a relucir los mismos ejes temáticos: la filas en la Caja, la corrupción, las presas, la educación, la pobreza, creación de fuentes de trabajo, y la familia (nuevo eje de 2018). Ante la pregunta de cómo lograrán lo que proponen, las respuestas variarán entre la grandilocuencia y la falta de sensatez: sacar a Costa Rica de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, construir un metro, fortalecer la educación técnica, contratar médicos extranjeros, y demás respuestas que conocemos. Este es el candidato promedio de las últimas décadas, capaz de identificar algunos problemas que urgen de resolución y de inventar otros que dañan la convivencia democrática.

Es este último punto la razón por la cual ninguno de ellos debería ser electo, porque prefieren sostener un discurso irresponsable que les haga ganar votos antes dar pie a un debate de ideas frescas sobre cómo construir el país que anhelamos. Ya nos lo había advertido Ricardo Jiménez —tres veces presidente del país—, “cuando (el gobernante) es un ambicioso, un pobre diablo, patea las instituciones y se ríe de las libertades”. Entristece reconocer que esta ha sido en buena medida la elección de los pobres diablos, y que uno de ellos podría llegar a ser el próximo presidente del país. Aunque no deben serlo, por la sencilla razón de que ninguno de ellos se ha mostrado capaz de actuar a la altura del momento histórico que atraviesa el país. Es decir, cuando en el discurso de un político es más importante negarle derechos a parte de la población que discutir una política para combatir la pobreza, se está ante un oportunista, no ante un estadista.

Queda un último candidato, aquel que tiene posibilidades de ser electo y debería llegar a ser el próximo presidente. Digo que debería ser presidente dado que es capaz de identificar que el problema no son las presas, sino la falta de planificación urbana. También entiende que el reconocimiento del matrimonio igualitario no es una conspiración de la población LGTB sino una forma concreta de mejorar nuestra convivencia democrática y que la reducción de la pobreza solo será posible cuando se impulse el empleo bajo un enfoque territorial. Sí, Carlos Alvarado debería ser el próximo presidente del país dado que es el único candidato con posibilidades de ser electo cuyas ideas reflejan el cambio generacional que el país debe emprender, que propone hacer las cosas de otro modo.

No se malinterprete lo que digo, apoyar el PAC en la papeleta presidencial no significa que todo lo que hizo el actual gobierno estuvo bien. Tampoco significa estar de acuerdo con todas las políticas impulsadas por este candidato. Pero sí significa apoyar el crecimiento en el presupuesto a la educación —y en particular a las universidades públicas—, estar de acuerdo con una política carcelaria basada en los derechos humanos, creer en la importancia de tener un Estado laico, tener claro que el déficit fiscal es un verdadero problema que se debería discutir, y no si debería impartirse educación sexual en las escuelas. Votar por Carlos Alvarado es votar por que el debate político en Costa Rica llegue al siglo XXI; es decirles adiós de una vez por todas a las discusiones añejas que hacen menos al país.

A pocos días de las elecciones, las opciones yacen sobre la mesa: a) no votar —y que decidan otros—, b) votar por quien no va a quedar, c) votar por quien puede quedar pero no debería, d) votar por el único candidato que tiene posibilidad de ser electo e ideas claras para gobernar. Nadie dijo que la política es cosa sencilla, pero en estas elecciones saber por quién votar en la papeleta presidencial sí lo es.

Mario Josue Cunningham Matamoros