Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 29 Marzo, 2010


Trabajando un domingo


Costa Rica es un país tan pequeñito que en la mayoría de los globos terráqueos su largo nombre se extiende sobre el mar Caribe. Sin embargo una serie de características particulares nos han definido como un país único y singular en el continente. Una de ellas es —sin lugar a dudas— nuestra seguridad social.
Logro indiscutible de Manuel Mora, monseñor Sanabria, Rafael Angel Calderón Guardia y —posteriormente— Pepe Figueres, la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS) es la institución más grande e importante del Estado costarricense.


La seguridad social y obligatoria en nuestro país incluye a los trabajadores independientes y a quienes no tienen trabajo remunerado como las amas de casa o los estudiantes mayores de 18 años.
Aunque a algunos no les ha dado vergüenza usufructuar a costa de la salud pública hasta el punto de poner en peligro las finanzas de la Caja, la mayoría de los ciudadanos nos hemos erigido en defensores de nuestro sistema de salubridad social.
Por eso, porque la CCSS es motivo de orgullo para cualquier costarricense, es que resultan más que ridículas las declaraciones del ultra conservador locutor de radio Rush Limbaugh —de escasa educación y menos cultura— en las que afirma que si se aprueba la reforma de salud en Estados Unidos, se trasladará a nuestro país.
Absolutamente ignorante de que lo que el Presidente Obama pretende en relación a la atención médica del país del Norte es nada en comparación con nuestro sistema de salud, el radical presentador echó carbón entre sus 20 millones de escuchas con un discurso radical en contra de las moderadas reformas sanitarias demócratas.
Sus declaraciones podrían verse como el hecho aislado de un energúmeno con poco conocimiento y mucho micrófono. Pero no. Varios legisladores del partido del gobierno de Estados Unidos —al menos diez— se han visto en la necesidad de pedir protección ante la cantidad de amenazas recibidas por apoyar el derecho de todos —para mí incuestionable— a la salud pública. ¡Inconcebible!
No me cansaré de repetirlo: la salud es un derecho universal. Es obligación del Estado atenderla: prevenir enfermedades, controlar pandemias, curar al enfermo y dar asistencia a todos y a cada uno sin importar su edad, condición social o nacionalidad.
La CCSS debe ser reforzada. Sus fallas en cuanto a largas filas y falta de celeridad en la atención deben ser solucionadas. La corrupción en todos los ámbitos debe ser erradicada. Pero la institución tiene que ser defendida por todos.
¿Se imaginan el horror que debe ser para un ciudadano del siglo XXI pelear para conseguir que todos sus coterráneos sean cubiertos por el seguro social? Esa lucha la ganaron nuestros antepasados hace más de medio siglo. Solo debemos mantener lo logrado. No es imposible.
Eso sí: todo se logra trabajando. No deja de sorprenderme que haya sido un domingo —¡un domingo!— el día que los Demócratas lograron un acuerdo de último minuto en el Congreso para aprobar la reforma de salud propuesta por Barak Obama, luego de cien años de diversos intentos para dar cobertura universal en los derechos de atención médica. ¡Un domingo! ¡Sí, señores! El domingo antepasado los congresistas norteamericanos discutieron la polémica propuesta y llegaron a un acuerdo.
¿Qué quiero decir? Que estamos adelantadísimos en salud social gracias a nuestros líderes del siglo XX; pero atrasadísimos en cuanto a eficiencia debido a nuestros dirigentes —que no líderes— del siglo actual.
¡Salud!

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