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Suicidio corporativo

Arturo Jofré [email protected] | Viernes 14 marzo, 2008


Suicidio corporativo

Arturo Jofré

Hay una tendencia natural hacia la autodestrucción, así les ocurre a las empresas, a las sociedades, a las máquinas. El principio básico que sustenta esto es la teoría de sistemas, sin embargo, muchas veces tendemos a operar basándonos en conceptos errados. Si usted tiene un sistema trabajando bien y lo deja solo, tarde o temprano este se “enferma”, se desgasta y deja de ser funcional o colapsa.
Por esta razón, cuando tenemos una empresa funcionando bien, la tendencia natural la llevará al desorden, a la ineficiencia y eventualmente a la desaparición. También puede ocurrir lo contrario, pero para eso hay que actuar, hay que intervenir oportunamente. Una empresa, una sociedad, si no la cuidamos, si no nos esforzamos por hacerla crecer, va a quedar estancada, va a “enfermarse”. Hay factores exógenos que pueden sostenerla y darle vitalidad, pero tan pronto esos vientos cambien, el sistema seguirá el rumbo de la autodestrucción.
En el mundo corporativo es bastante frecuente, sobre todo en el escenario actual altamente competitivo, que grandes corporaciones de pronto desaparezcan y se lleven misteriosamente lo que para los clientes se había transformado en un signo de poder casi sobrehumano. Decía un autor que hace unos siglos las ciudades se visualizaban desde lejos por las cúpulas de sus hermosas e impresionantes iglesias, ahora se visualizan por las altas torres de los centros financieros. Bueno, esas grandes torres ven nacer y morir grandes corporaciones, a veces por asesinato (competencia), a veces por suicidio (autodestrucción).
El caso de autodestrucción más emblemático ha sido en los últimos años el de la corporación Enron. Cuando renunció J. Skilling, su presidente, no solo vio destruida a la corporación, sino su propia vida. Pero la autodestrucción es el pan de cada día. Puede que a veces sea activa, como la de Enron, o pasiva, como la de no dar un valor agregado a la empresa en que trabajamos. Las instituciones o empresas que se desgastan en luchas intestinas, que no se orientan hacia el usuario o cliente, que funcionan como sistema cerrado y no escuchan a su entorno, de alguna manera se están autodestruyendo y están perdiendo lo más importante: sus oportunidades para crecer.
Si pasamos de la empresa a la sociedad, el sistema opera de la misma forma, aunque se trata de un organismo más complejo y, por lo tanto, más difícil de controlar y orientar. La sociedad es un ente vivo que muere un poco cada día, porque hay muchos que se encargan de autodestruirla. Cuando estos tienen poder la situación es grave. En cualquier sociedad la pobreza extrema es una enfermedad del sistema, como lo son la inseguridad, la falta de probidad, la intolerancia, la insensibilidad por el ambiente, el militarismo. También la sociedad recibe el esfuerzo de una gran mayoría que lucha por fortalecerla. El problema mayor es cuando estos últimos tienen menos poder o no lo usan o no lo delegan bien cuando eligen.

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