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En los últimos cuatro años, Oscar Arias tuvo una segunda oportunidad de aportarle a Costa Rica y pudo hacerlo en un clima de paz, con el timón en sus manos, para dirigir al país hacia donde creyó conveniente

Suelta el timón satisfecho

Más de la mitad de los costarricenses considera que Oscar Arias cumplió sus promesas de campaña. Es decir, que se va con buena nota. Casi tres cuartos de los encuestados en la última consulta hecha por CID Gallup para LA REPUBLICA dijeron que Arias será recordado como “un buen y gran” presidente.
Parece que la mayoría de la población que manifiesta su aprobación al Presidente lo hace agradecida por su plan social. Sin embargo paralelamente había que desarrollar la economía porque para los proyectos sociales se necesitan ingresos.
La gente le atribuye éxitos y fallas al mandatario que mañana dejará la silla presidencial, pero al colocar en la balanza ambos, el resultado es positivo.
Se le reconocen la construcción de las carreteras de Caldera y Costanera, el manejo de la recesión económica y el plan Avancemos para disminuir la deserción escolar. Se le reclama como principal fracaso la inseguridad en que vive la gente. También un débil manejo ambiental y la ingobernabilidad.
Es probable, aunque quizás no lo midan las consultas actuales, que muchos costarricenses, especialmente los mayores, que recuerdan su primera administración, guarden en el fondo un agradecimiento especial hacia Oscar Arias porque saben que en aquel momento, cuando el resto de Centroamérica ardía en el horror de la guerra, logró encontrar unas fórmulas eficientes para llevar a estos pueblos de nuevo a la paz. Así, salvó incluso a Costa Rica de un posible “contagio” y nos garantizó el clima que ha permitido continuar con el desarrollo. Con una vía que siempre fue diferente al resto de la región.
No es poco lo anterior. Sobra decir que la guerra y la violencia destruyen todo: los recursos, la energía y la fe de los pueblos.
En los últimos cuatro años, Oscar Arias tuvo una segunda oportunidad de aportarle a Costa Rica y pudo hacerlo en un clima de paz. En el libre juego que permite la democracia. Lo hizo desde un gobierno que contó con el apoyo popular y también con la lógica crítica por los aspectos en los que quedó debiendo. Pero siempre con el timón en sus manos, para dirigir al país hacia donde creyó conveniente.
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