Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 2 Julio, 2010



No desearía que pasara desapercibido el hecho doloroso de que, hace un año, los avances democráticos en Centroamérica sufrieron un brutal retroceso debido al golpe de estado perpetrado en Honduras

Solidaridad con Honduras

Ebrios hasta el delirio como estamos en este momento por causa del Campeonato Mundial de Fútbol que se lleva a cabo en Sudáfrica, al mismo tiempo que angustiados por las perspectivas no tan seguras de recuperación de la economía mundial, da la impresión de que nos hemos olvidado un tanto del entorno inmediato y de la suerte que en nuestros pueblos corren los campos político, económico y social. Por eso, en lo que a mí se refiere, no desearía que pasara inadvertido el hecho doloroso de que, hace un año, los avances democráticos en la región centroamericana sufrieron un brutal retroceso debido al golpe de estado perpetrado en Honduras.
Ese doloroso zarpazo infligido al país, cuya institucionalidad y civilidad democrática han sido endémicamente frágiles a través de su azarosa historia, no se dio por casualidad. Se trata del eslabón más débil de la cadena que une a nuestros pueblos. Honduras es el país más pobre de la región, uno de los diez más pobres de todo el orbe. Ha sido considerado tradicionalmente como la “banana republic” por excelencia. Al igual que su vecino pueblo salvadoreño, nunca había disfrutado de una auténtica democracia porque siempre había estado sometida a la férula de círculos oligárquicos (las “catorce familias de El Salvador” que, según me han dicho, se reducen a diez en Honduras).
Pero en El Salvador hubo durante toda la década de 1980, una cruenta guerra civil que le costó a ese heroico pueblo más de 80 mil muertos, entre ellos figuras que ahora son reconocidas y veneradas en el mundo entero, como Monseñor Romero y los sacerdotes jesuitas.
Esa sangre no se derramó en vano. Hoy El Salvador goza del primer gobierno en su historia que no fue impuesto por la oligarquía y el ejército. Y lo hace con gran madurez política, sin retroceder en sus conquistas democráticas y avanzando en las sociales.
Por desgracia ese no ha sido el caso de su vecina Honduras. El presidente constitucional Manuel Zelaya pertenecía a la oligarquía, pero decidió tomar en serio sus promesas de campaña y, rompiendo con una tradición de demagogia y promesas incumplidas, decidió hacer de su programa electoral también su programa de gobierno. Por eso fue tumbado por una conspiración oligárquica, que contó con el apoyo de la mayoría de la jerarquía eclesiástica y la traición de amplios sectores de su propio Partido Liberal y aparentemente del Departamento de Estado, representando a los sectores más conservadores del Partido Demócrata.
El resultado de ese retroceso en los procesos democráticos que venían dándose en toda América Latina, ha sido que actualmente Honduras se desangra en el terrorismo oligárquico, que no parece perdonar ni siquiera al actual jefe de Estado, quien se ha quejado de que esas tenebrosas fuerzas amenazan con tumbarlo a él también. Hoy Honduras vive una división profunda como nunca la había sufrido en, al menos, sus últimas décadas. Los asesinatos de periodistas independientes y de dirigentes populares alcanzan cifras que solo se dan en otros países sometidos al terrorismo de estado como es la Colombia de Uribe-Santos.
El retroceso en todos los terrenos es notorio, no solo en cuanto a las más fundamentales libertades democráticas, sino también en el campo económico y social. Hoy Honduras está peor que nunca. Las noticias de esa desgarradora situación inundan a diario los correos electrónicos. A nadie que tenga un mínimo de convicciones democráticas y sensibilidad humana puede dejar indiferente.

Arnoldo Mora