Federico Malavassi

Federico Malavassi

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Jueves 15 Septiembre, 2016

Al Estado se le ha olvidado que tiene que garantizar las libertades públicas y más bien parece que su oficio diario es violentarlas, presentar iniciativas de ley para ignorarlas

Soberanía e independencia

Estamos a cinco años del bicentenario de nuestro Estado. Es posible que al principio nuestros abuelos no entendieran con claridad los conceptos de República, Soberanía y Estado, pero al parecer sí tenían claro que la mayoría de los costarricenses quería la libertad.
En los primeros 50 años (prácticamente hasta la Constitución de 1871, cuya duración ya va a ser empatada por la actual) tuvimos prácticamente diez constituciones y una serie de zigzagueos, pero poco a poco se consolidó nuestra nacionalidad.


No fue fácil ni claro. Había ciudades que no querían la independencia, algunas incluso querían sumarse a Imperios ya caídos.
Sin embargo, poco a poco fue predominando la idea republicana, aunque en crisis con la idea centroamericana. No obstante, el aislamiento geográfico más bien nos individualizó y caracterizó con un sistema que no fue constante ni sencillo.
Hoy, a pocos años del bicentenario, tenemos riesgo de perderlo todo. El Estado ha sido tomado por grupos que solo piensan en sus ventajas. Entre corrupción, saqueo, abulia, demagogia y gollerías estamos a punto de hundirnos. El presupuesto crece y crece, las libertades disminuyen, el clientelismo se impone, la politiquería y la demagogia parecen campear.
No es una visión apocalíptica, es una simple observación objetiva. Cada vez más impuestos para un Estado que hace menos. El Estado nunca ha tenido tanto dinero de los costarricenses y nunca ha sido tan inútil. La educación pública hace agua, los presupuestos públicos nos ahogan, los dineros se desvían y no hay castigo, las cárceles no alcanzan porque la infraestructura pública está en crisis en todo lado. Así no se puede seguir.
Al Estado se le olvidó la razón de su existencia y se distrae en fines secundarios, olvidándose que no se trata de una empresa para que unos les roben a otros.
Los ciudadanos de a pie estamos en desventaja. Tenemos que producir y salir adelante hostigados constantemente por entidades públicas cuya justificación parece ser su propio peculio.
Los sistemas de pensiones están en crisis, sin embargo, los políticos tienen miedo de ponerle el cascabel al gato. Los servicios públicos parecen diseñados para servir al empleado y no para cumplir con el interés público. Al Estado se le ha olvidado que tiene que garantizar las libertades públicas y más bien parece que su oficio diario es violentarlas, presentar iniciativas de ley para ignorarlas y poner en crisis todo el sistema privado.
El modo en que algunos asuntos se han “constitucionalizado” es un abuso de derecho (porcentaje de gasto en educación pública, porcentaje de gasto en universidades públicas, por ejemplo), pues lejos de garantizar el Estado de Derecho, el derecho de los ciudadanos, más bien son feudos y situados en favor de grupos específicos, sin control de calidad ni ningún tipo de racionalidad.
El empleo público ha de ser racionalizado así como todo lo público, no es aceptable que el progreso del país se vea afectado por la existencia de monopolios públicos que encarecen todo y favorecen el abuso y las gollerías.
No hay que olvidarse en dónde reside la soberanía ni del valor histórico de la libertad y el republicanismo en relación con la Independencia. Solo así podremos encarrilar nuevamente el rumbo de un Estado que debe servir a la nación y no al revés.