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Lunes, 12 de noviembre de 2018



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Si no fuera por los otros...

Leopoldo Barrionuevo [email protected] | Sábado 29 enero, 2011



Elogios

Todo el encanto de vivir se asienta en la diversidad, en la realidad del otro, no solo en la mía puesto que la del otro me enseña a conocerme, en consecuencia, a apreciarlo

Si no fuera por los otros…

Hay gente que desearía vivir en una burbuja incontaminada para disfrutar de lo que consideran es la felicidad, son los mismos que se quejan de las lluvias entre julio y noviembre y los que añoran el sol en octubre y despotrican contra Febo en abril.
Son aquellos que se encomiendan a Dios en la adversidad y no agradecen sus plegarias cuando pasa el chubasco, de paso son los que recuerdan al santo toda vez que requieren un milagro.
También es la gente que nos reprocha airadamente que no la visitemos cuando ni siquiera te dan el teléfono para que sepas dónde habitan en un país familiero donde se vive para dentro, sin contaminación de extraños, tal como lo aprendimos de los bogotanos.
Lo cierto es que la existencia de Dios implica la de su opuesto, porque el Bien requiere la existencia del Mal, el día de la noche, la belleza de la fealdad y hasta la moneda falsa es posible por el amparo que le brinda la moneda verdadera.
¿Cómo sabríamos que existe la decencia si no existiera su opuesto?
¿Cómo reconocer la honestidad si la corrupción estuviera ausente?
¿Cómo arribar a la verdad si no la rodeara la mentira?
¿Cómo saber de la belleza si no existiera la fealdad?
No pretendo un elogio de lo negativo, solo señalo una realidad que estaba de hecho latente en “Demian” de Hermann Hesse, al señalar la dicotomía desde sus primeras páginas. De todos modos, la capacidad de decisión es mía: imaginen qué sería de nuestras culpas si no las pudiéramos desplazar con desparpajo a nuestros padres, lo que de hecho justifica la existencia de Freud.
Sin embargo, los sentimientos son diferentes: amor y odio, rencor, envidia, celos, los albergamos dentro de nosotros, no existen por fuera y son profundamente nuestros como la felicidad, el dolor, la depresión, o como decía Ortega y Gasset: “mi dolor de muelas me duele solo a mí.”
Todo el encanto de vivir se asienta en la diversidad, en la realidad del otro, no solo en la mía puesto que la del otro me enseña a conocerme, en consecuencia, a apreciarlo.
Tener en cuenta al Otro, sus deseos, sus problemas y necesidades es el principio básico de la convivencia y de todo lo que ella implica, estar a su servicio representa un paso adelante, en el vivir con otros el convivir sin renunciar a uno mismo, a lo que nos debemos como persona, a nuestra propia naturaleza.
Porque es el reconocimiento de la existencia de los otros, lo que contribuyen a cubrir mis necesidades, satisfacer mis deseos, brindarme consejo, aliviarme de mi soledad, lo que facilita mi propia realización al completar la parte de vida de la que carezco para ser una totalidad.

Leopoldo Barrionuevo
[email protected]