Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 31 Agosto, 2009


Si no es ilegal es ético


Uno de los personajes del grupo de comediantes “La media docena” no puede ni sabe mentir. No solo es incapaz de decir mentiras piadosas: dice la verdad aun cuando él mismo se vea perjudicado. Demasiado Honesto es el nombre de este personaje cuya frase característica es “Yo siempre digo que lo justo es lo correcto”.
Este personaje es una caricatura y como tal posee rasgos gruesos, exagerados, poco creíbles.
En la vida real, en el escenario político, abundan los personajes totalmente opuestos al simpático Honesto: no pueden ni saben decir la verdad; afirman con vehemencia cualquier mentira con tal de salir bien librados de los delitos éticos —que no siempre ilegales— que cometen.
Y es que para muchos de nuestros caricaturescos políticos la frase característica parece ser: si no es ilegal es ético.
Muchos funcionarios que se han visto obligados a renunciar no solo durante esta administración sino en todas las que recuerdo, lo hicieron por haber sido cuestionados. Pero al no existir ningún grado de ilegalidad en sus acciones, caminan con la frente en alto y no dudan en postularse a nuevos puestos públicos dado que no hicieron nada ilegal.
Recordemos lo que sucedió hace un par de años: los dos delfines que el presidente Arias perdió en medio de la lucha generada por el referendo sobre el TLC fueron cuestionados por haber hecho circular un memorando vergonzoso.
El primero de la lista de elegibles, Kevin Casas, perdió su puesto como vicepresidente y acaba de ser liberado de toda responsabilidad por el comité de ética del Partido Liberación Nacional. No cometió delito, ergo no hizo nada antiético.
El segundo, Fernando Sánchez, primo de los hermanos Arias, no solo no perdió su curul sino que sigue aspirando a sentarse en la silla presidencial. Así lo prueba su página web plena de detalles “simpáticos” como su fase de cantante de salsa o sus fotos en canopy que lo muestran como un joven dinámico. Este delfincito se salvó de ahogarse gracias a que la Asamblea Legislativa decidió archivar el caso, dado que los tribunales de justicia ya habían aclarado que no había delito alguno en los hechos que le imputaban. No hizo nada ilegal, por lo tanto todo fue ético.
La momentánea desaparición de los delfines obligó a don Oscar a buscar una nueva sucesora al trono —que no al poder—, doña Laura Chinchilla. Hace pocos días la candidata del partido oficial estuvo muy ocupada en la convención del PLN escogiendo a los posibles diputados del próximo periodo gubernamental.
Un aspirante a diputado —que contaba con la venia de la señora Chinchilla— tuvo que retirarse a última hora porque tenía una pensión por invalidez. Nadie consideró que fuera antiético que el caballero en sus circunstancias particulares aspirara a una curul y lo apoyaron hasta que fue evidente que era ilegal. No hubo tiempo de encontrar los senderillos legales para lograr instalar en las papeletas al susodicho.
La Asamblea Legislativa se ve obligada a aprobar nuevas leyes para evitar las acciones incorrectas que cometen los funcionarios públicos, sus colegas. Porque los políticos creen —y lo dicen públicamente— que todo lo que no está prohibido por ley son “actos correctos” (argumento reiterado por un político que enfrenta un juicio al que prefiero no referirme).
Los que han trabajado para el Estado, aunque sea temporalmente, saben lo engorroso, ridículo y complicado que resulta gracias a la multiplicidad de trámites, timbres, certificaciones y constancias que exigen las leyes.
Don Oscar Arias, en recientes declaraciones, afirmó que —debido a todas estas trabas legales— el país se ha vuelto ingobernable. Tiene razón. Aunque —puesto que los políticos creen que solo lo ilegal es antiético— habría que considerar si los ingobernables no son ellos.

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