Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 19 Noviembre, 2009


De cal y de arena
Si del vecino ves las barbas afeitar…

Los crecientes precios del oro —ya en los mil dólares la onza— y el agotamiento de los depósitos mineros en Estados Unidos, Sudáfrica y Australia, movieron a las corporaciones transnacionales a emigrar para buscar oro en los confines más recónditos de la Tierra donde también encuentran —vaya suerte— menores costos, más rendimientos y menos regulaciones. Como hace cinco siglos, hoy hay caballeros de industria que usufructúan con la debilidad de los países subdesarrollados y los embrujan con espejos y cuentas de vidrio, solo que en forma de billete verde. En la revista National Geographic en Español (enero 2009) se inserta un ilustrativo reportaje de lo que es hoy la minería del oro y lo que representa en dólares y sufrimiento. De él extraigo estas referencias de interés ahora que se desata desenfrenada en Costa Rica la promoción de la minería a cielo abierto, no precisamente la de las caleras y los tajos de piedra y lastre.

Los depósitos más ricos del planeta se agotan rápidamente y cada vez es más difícil hallar nuevas vetas. Casi todo el oro que falta por explotar yace enterrado en minúsculas cantidades en aislados y frágiles rincones del planeta. Los precios que ha alcanzado este mineral, su uso como defensa ante la inflación y la devaluación de las monedas y como activo de los fondos de inversión, barren todo prurito relativo a la preservación del medio ambiente. Consigna el reportaje que las llagas de la minería a cielo abierto sobre la Tierra son tan descomunales que pueden verse desde el espacio, aun cuando las partículas extraídas sean tan minúsculas que muchas veces 200 de ellas cabrían en la cabeza de un alfiler. Incluso en minas ejemplares como Batu Hijau, en Indonesia, donde Newmont Mining Corp. ha invertido $600 millones para mitigar el impacto ambiental, es imposible evitar el cálculo brutal de la extracción de oro. Ahí para extraer una onza de oro hay que extraer más de 250 toneladas de roca y mineral. De una colina de 550 metros de altura que dominó el paisaje de Batu Hijau, no queda ni rastro. En su lugar hay un hueco de 1,5 km de diámetro y 105 metros bajo el nivel del mar. Cuando se agote la mina dentro de 20 años, la fosa estará a 450 metros bajo el nivel del mar. En medio, dentro de los confines de su concesión la minera ha construido un moderno desarrollo habitacional para 2.000 de sus 8.000 empleados. Aun cuando Newmont emplea la más avanzada tecnología, dice NGM, no hay técnica que haga desaparecer mágicamente el desperdicio masivo generado por la minería. En menos de 16 horas se acumulan más toneladas de desperdicio que todas las toneladas de oro extraídas a lo largo de la historia humana. Las rocas de desecho se amontonan en montañas aplanadas dispersas en lo que era una prístina selva tropical y los residuos minerales producto del proceso químico, van al fondo del mar. Como ya el “basurero” resulta pequeño, el concesionario quiso despejar otras 32 Ha. de selva pero el Gobierno indonesio le negó el permiso. De persistir la negativa, Newmont amenaza con despedir a cientos de obreros indonesios… La pesadilla sigue; en cambio, este espacio se acabó.