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Viernes 21 Septiembre, 2007

Sí, al diálogo con el Islam

El diálogo intercultural e interreligioso será sin duda un tema fundamental del Siglo XXI. Se trata de una necesidad vital, de la cual depende en gran parte el futuro de la humanidad. Desde hace algunos días en estas mismas páginas, se discute la viabilidad de un diálogo entre “el occidente cristiano” y el Islam. Una posibilidad que plantea dudas, según el presbítero Alberto Casals en un artículo publicado en La Nación, pues mientras el cristianismo —decía— “ha sido promotor de la libertad, el Islam impulsa el poder y la violencia como sistema para imponer su fe”.
Es preciso aclarar que, pese al indiscutible espíritu liberador del Evangelio, la expresión histórica del cristianismo no ha estado exenta de intolerancia y represión. Desde el juicio a Galileo hasta las recientes sanciones contra teólogos como Hans Küng o Jon Sobrino, la represión de la libertad ha sido una sombra recurrente sobre el cristianismo. La intolerancia y el fundamentalismo no son patrimonio de una fe en particular. Todas las religiones monoteístas han desarrollado esas degeneraciones en algún momento de su historia.
No se puede juzgar a la enorme y heterogénea cultura islámica por las acciones de los grupos fundamentalistas, que son apenas una minoría entre los 1.200 millones de musulmanes del mundo. El Corán hace múltiples llamados a la paz y la convivencia con cristianos y judíos (la “gente del libro”), y censura expresamente la conversión religiosa por la fuerza (Corán 2:256).
Esto hace necesario aclarar que la traducción árabe de Yihad es “lucha” o “esfuerzo”, no “guerra santa”. La gran mayoría de los eruditos y teólogos musulmanes ve el significado fundamental de la Yihad como la lucha que cada ser humano debe emprender contra la propensión al mal que lleva dentro. Más que un acto, la Yihad implica amor y devoción a Dios. Una labor de auto-transformación y de lucha contra el ego (nafs). Mahoma aclaró: “la más grande Yihad es la lucha contra lo que está dentro de tu pecho”.
Las culturas y religiones no están condenadas al conflicto sino a la convivencia. Un análisis objetivo de las tres grandes religiones monoteístas demuestra que es más lo que las une que lo que las separa. El doble mandamiento judío de amor a Dios y al prójimo, radicalizado (hasta el amor a los enemigos) en el Sermón de la Montaña de Jesús, y la insistente exigencia del Corán a la justicia, la veracidad y la armonía, son buena prueba de ello.
Tal y como lo afirma el teólogo Raimon Panikkar, no es posible una verdadera paz si no existe paz entre las religiones. Sabiamente así lo entendió Juan Pablo II, que como ningún otro Papa, impulsó el diálogo religioso y el acercamiento al Islam. Ante representantes de la comunidad musulmana europea en enero de 1993, el Papa afirmó: “Solo en una mutua aceptación del otro y en el resultado de un mutuo respeto, profundizado por el amor, se halla el secreto de una humanidad finalmente reconciliada”.
Hay que decir sí al diálogo con el Islam, pero a través de un diálogo genuino, que supone aceptarse con las similitudes y diferencias en lo teológico, lo moral y lo cultural. En estos tiempos de pluralismo, ninguna posición cultural o religiosa puede ser reconocida como lugar definitivo de la “verdad”, mucho menos como expresión absoluta de esta. Ninguna cultura ni religión es autosuficiente ni puede proporcionar respuestas universales. Por eso, plantearse interculturalmente los problemas del mundo implica que todo esfuerzo encaminado al mutuo entendimiento entre las culturas y religiones, constituye un desafío hacia un horizonte alternativo de esperanza.

Sergio I. Moya Mena
Profesor, Escuela de Ciencias Políticas, UCR