Sí a la banca de desarrollo
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Sí a la banca de desarrollo


La creación de una Banca de Desarrollo aprobada por la Asamblea Legislativa merece nuestro apoyo, siempre y cuando no llegue a traducirse en un riesgo excesivo para el sector.
La idea de ofrecer una oportunidad a las personas en condición de pobreza para que se conviertan en empresarios resulta una iniciativa sumamente noble, más aún si se considera que el objetivo de los emprendedores puede llegar a cumplirse con la ayuda de una banca especializada para dicho fin.
Sin duda alguna el concepto podrá contribuir positivamente con la economía; no obstante, el plan, como está diseñado actualmente, no ofrece las condiciones suficientes para limitar los riesgos de llegar a cometer abusos.
Básicamente lo que una banca de desarrollo hará es prestar dinero con las mismas tarifas del mercado y esto podría desincentivar a los solicitantes de crédito con capacidad de endeudamiento a formar microempresas mediante este sistema, ya que pagarían los mismos intereses que normalmente deben cancelar.
Pero la banca de desarrollo también prestará fondos sin solicitar mayores garantías o respaldos, y es aquí donde se abren los portillos para que algunos prestatarios soliciten capital para negocios de alto riesgo, dado que están poniendo en juego recursos prácticamente gratuitos.
Si el proyecto prospera, el cliente pagará el préstamo. Pero si fracasa —y la mayoría de las iniciativas de altos riesgo lo hacen—, el solicitante no tiene nada que perder mientras el resto de la población será la que se verá obligada a pagar la cuenta.
Los gestores del plan argumentan que el negocio de los bancos consiste precisamente en garantizar que los proyectos viables sean los que se aprueben, pero con todo el respeto que merece el sector bancario, ¿quiénes serán los encargados de ejecutar el plan, si en el país es poca la experiencia en este tipo de micropréstamos?
Así las cosas, la banca de desarrollo podría perder fácilmente recursos, más aún si se toma en cuenta que una parte de su cartera podría estar arriesgando dinero considerado como gratis —principalmente contribuciones de bancos comerciales públicos y privados—. De darse esta situación, la banca de desarrollo podría terminar incurriendo en pérdidas significativas.
La manera más sencilla de evitar que esto suceda es incluyendo una regla que obligue a que las operaciones del sistema al menos queden tablas (sin ganancias pero tampoco con pérdidas).
Si la banca fracasa en este objetivo, debería cerrarse, como cualquier otro negocio fallido.
Incluso quedando tablas, una banca de desarrollo representa un costo para el resto de la comunidad. Esto debido a que las cargas administrativas de trabajar con miles de pequeños negocios son tan altas que no pueden ser recuperadas cobrando solo tasas de mercado.
Puede que estemos dispuestos a aceptar este costo como razonable, a cambio de un programa de banca de desarrollo que cumpla la valiosa tarea de ayudar a las personas más necesitadas.
No obstante, debemos asegurarnos de que la banca de desarrollo en Costa Rica no solo sea noble, sino también realista.

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