Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 24 Octubre, 2009


ELOGIOS
Ser alguien

Desde antes de nacer, el ser humano suele ser un proyecto, en especial para sus padres. En mis tiempos de niñez había un tema predominante en especial con los hijos varones: ¿qué vas a ser cuando seas grande? Y si uno era haragán con los estudios o no respondía a los constantes reclamos de los viejos, las premoniciones eran de un solo tono: ¿No te interesa ser alguien en la vida o lo que pensás es ser un Don Nadie?
Era apenas lógico: un país de inmigrantes que habían llegado ”per fare la América e tornare”, no habían vuelto, se habían afincado y por entonces ni siquiera podían visitar a su terruño, posiblemente destruido por una Guerra implacable y persecutoria en una Europa de la que solo se buscaba huir hacia estas tierras. El ascenso social era el gran objetivo.
En 1903 el dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez estrenaba en el Teatro Comedia de Buenos Aires la obra “M’hijo el dotor” que tuvo gran incidencia en el relato de los sueños de la gente humilde para con sus hijos que se recibieran de médicos, lo máximo en prestigio de una sociedad aluvional. Todos querían un hijo Doctor (solo los médicos ostentaban ese título) y aunque parezca mentira, lo máximo a que se aspiraba si no se trataba de una carrera universitaria era ser empleado público, bancario, es decir, alcanzar la cumbre de la clase media en ascenso.
En mi casa mi viejo me deseaba abogado y mi vieja dentista y me aceptaron como maestro cuando decidí continuar el Profesorado en Letras y se tranquilizaron cuando llegué a Director de la Escuela Superior de Ventas y poco después a Director de Estudios de la Universidad de Ciencias Comerciales.
En el fondo, los títulos eran importantes pero no decisivos, lo que contaba era que te preguntaras de qué ibas a vivir en el futuro y si no te morirías de hambre. Para las mujeres, ser alguien era casarse con un buen partido, en el mejor de los casos recibirse de maestras y tener pocos hijos, las que no llegaban al estatus de amas de casa con servicio doméstico y permanecían solteras, se quedaban “para vestir santos”.
Poco a poco, ser alguien tuvo que ver con la política, las fuerzas armadas, el comercio y la industria, es decir, con no tener patrón y manejarse como un profesional independiente y aunque fueras carnicero, almacenero o tuvieras un comedero, lo que contaba era si tenías dinero en el banco.
Nadie se planteaba, en una sociedad en la que cuando te morías te consideraban valioso de acuerdo con los caballos negros con penacho que arrastraban la carroza (el máximo eran ocho y no se estilaban los coches motorizados) mientras las viejas comentaban compungidas:”No somos nada”.
A nadie se le ocurría plantearse “Ser uno” en vez de “ser alguien”.

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