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Ser papá en más formatos

Gracias a la genética y la reproducción asistida, hay varias formas de ser papá

Madrid
EFE

Entre las pruebas de paternidad, las fecundaciones in vitro, las inyecciones intracitoplasmáticas, la fertilización artificial, las inseminaciones homólogas, las heterólogas, las anónimas, las selectivas y las post mórtem, además de la clonación, la fisión gemelar y la partenogénesis, y sin tener en cuenta la crisis mundial en la producción espermática, hay varias formas de ser papá.
Primero fue el caso de Louise Joy Brown, el primer “bebé probeta”, que nació el 25 de julio de 1978, en Inglaterra: con ella pasó a la historia la necesidad ineludible de que el papá cumpliera con su primer deber de padre, el de la cópula.
Lógicamente, poco tardaron en aparecer los bancos de semen, en los que el papá pasaba a ser no ya un desconocido, sino un mero número de inventario en una etiqueta pegada a un frasco.
Una consecuencia de la fecundación son los casos de inseminación artificial con semen procedente del compañero ya fallecido, situación normalmente traída de la mano del amor, pero en algunos casos llevada a patadas con el derecho hereditario.
En los últimos años ha aparecido una nueva modalidad, la fecundación artificial selectiva: el análisis de ADN de los espermatozoides permite seleccionar a aquellos que producirán hijos con ciertas características o sin ellas, lo que se denomina “criba genética”.
En los casos en que los espermatozoides tengan una motilidad reducida —lo que es cada vez más común, según los médicos— se recurre a la inyección intracitoplasmática, eligiendo uno solo entre los perezosos flagelados e inyectando artificialmente su cabeza en el óvulo.
Con esta técnica se puede incluso prescindir por primera vez de los verdaderos espermatozoides de papá: en su lugar, se puede extraer el material genético de células espermáticas e inyectarlo en el óvulo.
Hasta aquí, las cosas se han puesto difíciles para los papás, pero aún son más o menos necesarios. Lo grave viene con la clonación.
En la clonación —en su versión sencilla— se extrae el material genético de un ovocito de, por ejemplo, la madre de la oveja Dolly, y, ya vacío, se le inyecta el ADN extraído de una célula de la glándula mamaria de la misma mamá de Dolly.
Luego se implanta en el útero de la ya mencionada pariente de Dolly, o de cualquier otra hembra bovina, y a los 150 días nace Dolly sin papá, y siendo —genéticamente— mamá de ella misma.
El caso es que Dolly fue la primera oveja que nació sin que su madre conociera carnero o, como mínimo, recibiera con jeringa el semen de uno o un óvulo tradicional ya fecundado.
La ciencia se encarga también de informar a quienes se creen papás de que, en realidad, no lo son.
Esta semana se hizo pública la estadística de una empresa de biotecnología española en la que se destaca que el 25% de las pruebas de paternidad dan la razón a los “papás” que sospechan que no lo son.
Pero si la ciencia no acaba terminando con el padre, lo puede hacer más sigilosamente la contaminación y, concretamente, la abundancia cada vez mayor de lo que los científicos llaman disruptores endocrinos, es decir, unas sustancias que alteran el equilibrio hormonal.
En 1992, el doctor Niels Skakkebaek publicó en el British Medical Journal un estudio que demostraba que la cantidad media de espermatozoides que producía el varón humano había disminuido en un 45% en solo 50 años.
En su estudio, ratificado luego por numerosos colegas suyos, subrayaba también que el volumen medio de semen en cada eyaculación había caído en un 25% en el mismo periodo, por lo que la cantidad total de espermatozoides es, en la actualidad, y por cada hombre, el 50% de lo que era a mediados del siglo pasado.
En una reciente reunión del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, un equipo médico informó de la gravedad que supone la contaminación por los restos no metabolizados de las píldoras anticonceptivas.
Según estos científicos, las hormonas artificiales de la famosa píldora, acumuladas en el medio ambiente, pueden estar provocando un adelanto de la pubertad femenina y un aumento de la infertilidad masculina.
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