Tomas Nassar

Tomas Nassar

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Jueves 11 Febrero, 2010


Vericuetos
Señoras presidentas

Yo supe desde muy carajillo que nunca llegaría a ser presidente de la República. La fatal sentencia se basaba, según se me advertía, en que no me cabrían los cachetes en la estampilla. ¿Qué sería de un presidente sin estampilla? Impensable.
Asumí mi desgracia personal con infantil resignación y el consuelo de que quizás sería también bonito ser policía o bombero. Como no sabía a ciencia cierta cuáles aventuras deparaba el puesto a don Mario Echandi o a don Chico Orlich, nunca tuve claro si los políticos vacilaban más que mis otros personajes favoritos, por lo que no me sentí frustrado conformándome con emular a El Zorro, Dick Tracy o Bat Masterson despidiéndome para siempre y desde muy temprano de optar por una primera magistratura.
Probablemente fui el político miniatura más prematuramente derrotado, experiencia que de seguro tendrían que haber vivido algunos otros a los que no se les vio cachete oportunamente. ¿Nos habría cantado otro gallo?
Tan confortado estaba yo con mi destino, que no se me ocurrió pensar que mi problema político-infantil podría tener solución. Los cachetes podrían ser reducidos quirúrgicamente o bien, siendo presidente podría haber ordenado a Correos sacar una emisión de estampillas redondas que pudieran albergar mis protuberancias faciales. También pude haber prohibido los sellos presidenciales, o simplemente, emitido un decreto que ordenara que la foto de mi estampilla se tomara de perfil. Me faltó malicia política.
De esta manera, por estas causas y un millón de razones más, nunca llegué ni hubiera llegado a ocupar tan ilustre cargo.
Tengo también que reconocer que habiendo sido los únicos varones de la familia, a mi tata Hafo y a mí nunca nos pasó por la cabeza perturbar el orden establecido donde la que mandaba era, por supuesto, doña Lala.
El matrimonio le trajo a Hafo la condición vitalicia de vicepresidente, la misma que yo ostento desde que la doctora Nevermann asistió en el parto a mi mama, la verdadera y única autoridad familiar.
La Niña Canita Mata me recibió en el kínder años después para dejar totalmente claro, por si cabría alguna duda, que la que mandaba era ella, algo así como una niña-presidente (lo que hoy llamarían teacher-chairman). Una vida bajo la jefatura femenina.
Claro que la elección de doña Laura nos llena a muchos de ilusión. Primera presidenta y primera vicepresidenta que logra llegar a la Presidencia de la República. Confiamos muchísimo en sus virtudes y su capacidad para conducir con aire diferente este país tan complicado; sin embargo, no creo que este dato histórico afecte sustancialmente la visión del mundo y de la vida que tenemos los hombres vicepresidentes que hemos sido siempre comandados por las mujeres presidentas, en la casa, la escuela y el trabajo.
Por supuesto que tener una mujer-presidenta hará cambiar en mucho las formas y contenidos del ejercicio del poder político y, sin duda sensibilizará la visión de los problemas de la vivencia cotidiana de nuestra gente, en especial de la que más requiere comprensión y solidaridad.
Qué bueno que el futuro de la Patria va a estar ahora en las mejores manos, en manos de mujer.