Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 1 Octubre, 2009


De cal y de arena
Santiago y Sanabria “chavistas”

“Ahora, vosotros, los ricos, llorad y lamentaos por las desgracias que os han tocado. Vuestra riqueza está corrompida y vuestros vestidos están apolillados. Vuestro oro y vuestra plata están herrumbrados y esa herrumbre será un testimonio contra vosotros y devorará vuestra carne como el fuego. ¡Habéis amontonado riqueza, precisamente ahora, en el tiempo final!. El jornal defraudado a los obreros que han cosechado vuestros campos está clamando contra vosotros; y los gritos de los segadores han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en este mundo con lujo y entregados al placer. Os habéis cebado para el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste”. (Carta del apóstol Santiago 5,1-6)

A la jerarquía católica centroamericana, aliada a ultranza de las reaccionarias, codiciosas y egoístas oligarquías del área, la carta de Santiago que se leyó en las misas del pasado domingo debe haberles olido a cicuta; no sería raro taparle el resuello en el interés de preservar el silencio que alcahuetea lo que Mons. Sanabria llamó “una maquinaria que está no solo en contradicción con la Naturaleza, sino también en oposición con el plan de Dios y con los propósitos que Él tuvo al crear los bienes de la tierra” (Mensajero del Clero # 6, junio 1943). La interpretación contemporánea del texto de Santiago precisa que ni la riqueza ni los ricos son una desgracia; sí la codicia, la avaricia, la concupiscencia que suele hacerse presente en muchos de ellos. En “La Cuestión Social”, carta pastoral de 1938, Sanabria lo recordó: “no todos los ricos caminan por senderos de justicia y equidad, y habría que reducirlos persuasivamente a mejores propósitos”. Su prédica no se quedó en el papel, se materializó al vigorizar y ampliar la base de la acción política del presidente Calderón Guardia cuando promulgó las innovaciones revolucionarias que conocemos como la Reforma Social. Profundo fue, pues, el compromiso de aquella jerarquía católica con las transformaciones dirigidas a asentar la justicia social. Esto nos diferenció de Centroamérica. Y también nos distanció: una campaña de desprestigio caricaturizó a Sanabria al lado de la hoz y el martillo y el gobierno guatemalteco le prohibió su ingreso. Hoy, seguro lo estigmatizarían como “chavista” y dudaríamos de si el ala conservadora del episcopado costarricense, tan cercana de los ricos y de su modelo político, estaría acompañándolo en una cruzada para rescatar los principios inspiradores de aquel equilibrio social y económico no indiferente a la redistribución de la riqueza y la provisión de educación, salud y oportunidades. Santiago se indignó con aquel mundo. Sanabria fue más allá; no se limitó a condenar la injusticia ni a producir cartas pastorales, fue a la raíz del cacho y se comprometió con el cambio. Como lo estaría haciendo hoy ante un modelo que produce desigualdad e incuba la violencia de los que se sienten excluidos. Sanabria estaría anticipando una explosión social de alarmantes dimensiones. ¡Qué diferencia tan grande!