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Rousseff vive período accidentado en milagro brasileño

En una fría noche de julio la presidenta brasileña Dilma Rousseff es la anfitriona de un cóctel para 50 líderes de su coalición gobernante, informa la revista Bloomberg Markets en su edición de noviembre. Al pie de una escalinata cubierta con una alfombra roja en la sala del Palacio Alvorada, donde vive con su madre y su tía, Rousseff dice a los políticos reunidos que Brasil vive su mejor momento, según cuatro asistentes.
“El mundo atraviesa por un período de turbulencia económica y financiera”, dice Rousseff, que luce un traje negro de chaqueta y pantalón. “Pero nosotros estamos en un momento excelente”.
En un brindis, Dilma, como le dicen casi todos los brasileños, yuxtapone la tarea de administrar la nueva prosperidad económica del país con la lucha del presidente estadounidense Barack Obama con los republicanos por controlar el presupuesto gubernamental de los Estados Unidos.
“Y ahí arriba sólo hay dos partidos”, bromea.
En Brasil hay 27.
Rousseff, que tiene 63 años, heredó prácticamente todo lo que un presidente podría querer de su mentor y predecesor, Luiz Inácio Lula da Silva: una economía que crece a un ritmo anual de 7,5% y un desempleo de 5,3%, el más bajo desde por lo menos 2001. El índice bursátil Bovespa de Brasil se multiplicó por seis durante los ocho años de gestión de Lula conforme aumentaban las exportaciones de mineral de hierro, soja y azúcar, impulsadas en buena medida por la demanda de China.
Lula sacó a 24,5 millones de personas de la pobreza durante su mandato, según datos que recopiló la Fundación Getulio Vargas, y Rousseff dice que en los próximos cuatro años eliminará la extrema pobreza en Brasil.
Sin embargo, Rousseff asumió en lo que ha resultado ser un período accidentado para el milagro económico brasileño. Su gobierno y la economía de Brasil han sufrido una serie de reveses. Tal vez lo que mejor refleje el ánimo apagado de Brasil sea la declinación del precio de sus acciones: el índice Bovespa bajó 22% en 2011 hasta el lunes.
Las malas noticias se extienden al ámbito político. Desde junio hasta septiembre, cinco de los ministros del gabinete de Rousseff renunciaron, cuatro de ellos después de que la policía o la prensa los acusaran de malversar fondos públicos.
En el plano económico, Brasil vuelve a padecer un viejo problema: la inflación. Los precios al consumidor que mide el índice brasileño IPCA crecieron 7,2% en los 12 meses que terminaron en agosto. Si bien es un nivel muy moderado en comparación con la legendaria hiperinflación del país que en abril de 1990 alcanzó un ritmo anual de 6.821%-, los aumentos de precios afectan parte del progreso que hicieron Lula y Rousseff que era jefa de Gabinete del ex mandatario- en lo relativo a reducir la pobreza y construir una clase media.
El dilema para el gobierno de Rousseff es que los funcionarios no quieren combatir la inflación y asfixiar el crecimiento económico. Desde enero hasta julio, el presidente del banco central, Alexandre Tombini, reaccionó a la amenaza de la inflación mediante cinco aumentos de la tasa de interés de referencia de Brasil.
Luego, el 31 de agosto, para sorpresa de los analistas el banco central redujo la tasa de 12,5 a 12%. Incluso después de la reducción, la tasa de Brasil era la más alta entre los países del Grupo de los 20.
La razón que dio el banco central para la reducción fue que un “importante deterioro” del crecimiento económico global también desaceleraría la expansión brasileña y reduciría la inflación.
“Incluso si se asume que están en lo cierto en lo que respecta a su punto vista en exceso pesimista sobre la economía brasileña, es evidente que privilegian el crecimiento en detrimento de su objetivo de inflación”, dice Tony Volpon, estratega para América Latina de Nomura Securities International Inc. en Nueva York.
Hay dos culpables inmediatos de la mayor inflación en seis años: el aumento vertiginoso del crédito y el elevado gasto gubernamental. El crédito bancario a empresas y consumidores era de 47% del PIB en julio, en comparación con 24% cuando Lula asumió en 2003, según el banco central.
Por otra parte, Lula gastó mucho antes de las elecciones del 31 de octubre de 2010 que llevaron a Rousseff a la presidencia. El gasto gubernamental trepó en 2010 un 22,3%, a 700 mil millones de reales ($378 mil millones).

Brasilia
Bloomberg
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