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Sábado 10 Mayo, 2014

Miles de estudiantes, decenas de excompañeros, una familia numerosa, vecinos, clientes, colegas y hasta la señora que me encuentro cada día en la misma calle camino al trabajo. Cada uno con su propio rostro, con una historia


Rostros

Yo conozco a esta persona que me saluda tras esos grandes lentes oscuros.
No tengo duda. De lo contrario no sabría mi nombre, ni me sonreiría de forma tan amistosa.
La conozco, pero ¿de dónde?
A esta altura del partido (por no decir, “de la vida”), que no sabría decir si es medio tiempo o ya va acabando, los rostros son innumerables; unos cotidianos, otros de paso.
Miles de estudiantes, decenas de excompañeros, una familia numerosa, vecinos, clientes, colegas y hasta la señora que me encuentro cada día en la misma calle camino al trabajo. Cada uno con su propio rostro, con una historia.
Algunos retan mi frágil memoria, diciendo “acuérdese”, mientras me lleno de angustia por mi involuntaria descortesía.
En ocasiones me dan pistas bien intencionadas pero infructuosas, en otras se resienten y me dejan sin saber a quién ofendí sin premeditación ni alevosía.
“Soy la hija de fulana”, dice; “y ¿quién será fulana?”, me pregunto.
“Nos conocimos en el trabajo”, “¿en cuál de ellos?, ¿en cuál década?”
Ese aliado necesario que es el olvido, se vuelve en estas ocasiones un traidor implacable.
Esa manía de andar distraído —con el próximo artículo en la cabeza o la solución a cualquier mal sobre la Tierra en la niña de los ojos—, me pasa una cara factura, por no darme cuenta que esa persona que pasó a mi lado, traía la mano extendida para estrechar la mía, o la palabra en la boca para preguntarme “¿cómo le va con aquello?”; “¿qué será aquello?”, me pregunto, y se repite el ciclo.
Algo familiar hay en cada rostro, al menos esa humanidad que nos hermana (y nos divide).
Y en la cara de este hombre olvidadizo que escribe, un gesto de pregunta, una disculpa anticipada, y ante un reflejo involuntario de la persona que tengo enfrente, una frase sincera para disimular mi congoja: “Por favor, no se quite los lentes. Al menos así tengo una excusa”.

Rafael León Hernández

Psicólogo