Vilma Ibarra

Vilma Ibarra

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Miércoles 10 Agosto, 2011


Hablando Claro
Romería

Martes 2 de agosto por la tarde. Las calles lucen desoladas. Solo unos cuantos romeros desperdigados dejaron pasar el mar de gentes que inundó los días y las horas precedentes la arteria principal de San Pedro, Curridabat y Tres Ríos para confundirse todos en un encuentro sin igual que cada año transforma el panorama vial hasta la llegada a la Vieja Metrópoli.
Las calles, adornadas por el transitar constante de los pasos lentos o ágiles, cansados y determinados, fundidos en la certeza que solo la convicción de hacer algo que resulta relevante nos mueve a los seres humanos dan fe que la romería religión aparte se ha consolidado como el acto multitudinario de mayor alcance de nuestra vida social.
Desde que en 1653 cuenta mi querido amigo el historiador José María (Milo) Junco aquella primera romería iniciara en “Curridabá” para agradecer la recuperación del aliento de vida de una niña que se había dado por ahogada y que culminó con unos 500 peregrinos (vista la población de aquella época cabe suponer que fue algo similar a lo que vemos hoy) la gente no deja de caminar a la Basílica.
Por supuesto la inmensa mayoría de ellos son católicos, pero en los últimos años he constatado que también acuden cristianos de otras denominaciones y curiosamente, personas que dicen no profesar ninguna fe en particular.
Por ello, probablemente no debería asombrar la constatación de que la herencia de esta tradición tricentenaria se engrosa cada año con más jóvenes que se apropian de la romería especialmente la noche del 1° de agosto, inundando de alegría respetuosa la vía a Cartago.
En tiempos de descrédito, de inconformidad, de insatisfacción, es emocionante por decir lo menos salir a la vera del camino para apreciar cómo la esperanza devora kilómetros de asfalto para alimentar el espíritu de renovadas convicciones.
Es esa necesidad de siempre de la naturaleza humana de alzarse por encima de sus limitaciones. Y lo mejor, es que además del cumplimiento de propósitos, empeños y promesas, ahora asistimos a un acto no solo ordenado y respetuoso, sino también consolidando una cultura de aseo y limpieza. Para homenaje y honra de todos.

Vilma Ibarra