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Sábado 19 Noviembre, 2011

Román Solís Zelaya

En este país de lenguas livianas, cualquiera se siente con el derecho de ensuciar impunemente honras ajenas, nombres límpidos de conductas intachables.
No conozco a nadie ni ligeramente vinculado con el tema de Crucitas, ni a los empresarios, sus empleados o asesores, ni sé quiénes son sus abogados. Tampoco he visto en persona algún ambientalista opositor al proyecto. Con nadie relacionado al tema he hablado ni siquiera por teléfono ni me he cruzado correspondencia en mi vida.
Por el contrario, conozco a Román Solís Zelaya, perfectamente. He sido compañero y, con toda honra lo digo, su amigo cercano desde el 6 de marzo de 1961, día en que juntos ingresamos por primera vez a las aulas en el Primer Grado del Colegio Calasanz.

Tengo entonces plena autoridad moral para escribir estas letras.
Durante 50 años y ocho meses he acompañado a Román en la escuela y el Colegio Calasanz, en la Facultad de Derecho y en la vida. Aunque en el ejercicio profesional seguimos caminos diferentes, hemos mantenido siempre una afectuosa cercanía y una profunda amistad.
Le conozco como hubiera conocido a un hermano, sé de sus pasiones y de sus debilidades, he compartido con él su fanático liguismo, ha sido mi profesor recurrente en temas complejos de Derecho Público, sé de sus sueños, de su amor profundo a sus hijos, de los recónditos parajes de sus convicciones. Conozco a Román como hombre, como profesional, como amigo, como abogado excepcional, le he visto actuar como padre, como académico, como jefe, como jurista, y en todos las facetas de su vida guardo por el no solo cariño, sino profunda admiración.
Le vi como litigante trabajando gratis para la gran mayoría de sus clientes insolventes, seguí su trayectoria como Procurador General de la República donde admiré su hondo conocimiento del Derecho, la solvencia de su criterio y su prudencia.
Como Juez, no he seguido sus pasos ni he leído sus sentencias, pero daría fe a ciegas de su total imparcialidad y de su plena consciencia de la majestad de su cargo.
Román Solís Zelaya es, sin duda alguna, un hombre íntegro, de principios y valores innegociables e irrenunciables. Es, categóricamente, uno de los juristas más importantes del país.
Un hombre que con sus actuaciones cotidianas honra a su país, a su familia, a sus amigos y, sobre todo, se honra a sí mismo.
Por esas razones me indigna que manipuladores inconsecuentes e irresponsables sean capaces de tender sombras de duda sobre su conducta, nubes que se disipan por sí mismas porque escogieron muy mal la víctima de su infamia.
Román y la institucionalidad de la Corte Suprema de Justicia sobrepasarán este oscuro episodio porque quienes lanzan lodo desde sus bajezas nunca alcanzarán su estatura.

Tomás Nassar