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Sábado 3 Agosto, 2013

Quizá sea cierto que el monto de lo sustraído defina en cierta medida cuándo hay delito, pero el acto de apropiarse de lo ajeno, sin importar el precio, es siempre el mismo


Robarse una uva

No nos resulta extraño ver a alguna persona “pellizcando” uvas en un supermercado. Este quehacer consiste en meterse uno o dos de esos frutos directamente en la boca cuando se están haciendo las compras. No es un robo, claro está, pues son solo un par de uvas.
Vemos también cómo padres despreocupados toman algún refresco de un mostrador y se lo dan a sus hijos mientras terminan de llenar el carrito. Una vez que se lo acaban, lo ponen en cualquier estante como si nada hubiera pasado.
Tampoco es un robo: robo es el precio a pagar por las cosas que efectivamente se compran. ¿Cuántas uvas —me pregunto— conformarían un auténtico robo?, ¿cuántos envases de refrescos o galletas vacíos a la hora de hacer inventario?
Roban los que entran armados en las tiendas, los que falsifican tarjetas de crédito, los que quiebran una ventana para llevarse el radio.
Los de cuello blanco, los de zapatos viejos, el que me roba a mí. Pero es distinto si me hago el tonto cuando me dan mal el cambio, si me llevo todos los sobres de azúcar del restaurante o si las tareas de mis hijos van impresas en hojas con el membrete de la empresa donde trabajo.
Quizá sea cierto que el monto de lo sustraído defina en cierta medida cuándo hay delito, pero el acto de apropiarse de lo ajeno, sin importar el precio, es siempre el mismo. ¿O será que creemos que quien roba en grande no lo hizo en algún momento en menor escala? ¿Será que pensamos que nuestros hijos no se dan cuenta de lo quehacemos y copiarán nuestro ejemplo?
“Majadería o locura”, pensarán algunos, y es cierto. Pero majadero es el que llega a tiempo aunque sabe que los demás lo harán tarde, el que cede el espacio en el autobús a quien más lo necesita, quien no engaña, el que cree que entre tanta palabrería se podrá llegar a la conciencia de alguien.
Pues como dijo Unamuno: “Un hombre de corazón, sensible, bueno, si no está loco es por ser un perfecto majadero”.

Rafael León Hernández
Psicólogo