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ESQUINA EPICUREA
Restaurantes y niños

Señores propietarios: cuando se decidan a construir un espacio de juegos en su restaurante dedicado a los niños y se atrevan a colocar un letrero en la parte exterior anunciándolo, consulten antes a algunas parejas de padres y que les den consejos, porque de lo contrario posiblemente, tarde o temprano, van a tener que contar una historia desagradable, y aunque coloquen un rótulo en una pared interior que dice que “el restaurante no se hace responsable de accidentes en el área de juego”, deberán asumir la responsabilidad moral por no haber hecho lo correcto y más bien haber construido unas instalaciones de forma torpe.
Esta introducción probablemente no estimulará seguir leyendo más allá de este punto a quienes todavía no tienen hijos o ya pasaron por esto.
La verdad: está dirigido a los dueños para que evalúen sus instalaciones y eviten un accidente.
Esta columna es consecuencia de una visita a una nueva cafetería con corte contemporáneo que en efecto llamó nuestra atención por el rótulo externo, y felices nos dirigimos a ella.
Sí, somos padres que buscamos espacios aptos para nuestros pequeños hijos y no tener que torturarlos para que actúen como adultos en un restaurante y que también se diviertan mientras probamos bocado observando la algarabía desde un sitio seguro (como la mayoría de padres).
Nada de esto fue cierto en esta experiencia, el resultado fue que salimos con más estrés del que entramos. Desde luego que no había nadie que pusiera orden (en nombre del restaurante) en el área que hervía con una mezcla de niños de todas las edades.
Niños casi adolescentes se tiraban por el tubo tobogán haciendo “body surfing” con una pieza de plástico en sus pechos sacada de otro juego mientras una niña de un año y ocho meses se disponía a sentarse en la boca de dicho deslizador y un alocado padre corría a evitarle el anunciado golpe quitándola de en medio.
Los niños más altos corrían alrededor de la estructura de madera evadiendo instintivamente con sus cabezas un borde en punta mientras el calor insoportable en el ambiente, producto del efecto invernadero provocado por un techo traslúcido en área cerrada, hacía sudar a niños y adultos.
Conclusión: niños golpeando niños sin querer, padres odiando a padres y aparentando lo contrario al ver a los mocosos que llegaban llorando, en fin no es una historia sacada de las de Pío Luis Acuña, sucedió en San José y sucede todos los días.
Recomendación: si los dueños de un restaurante no tienen hijos, como asumimos en este caso, y se meten en estos proyectos, consulten a quienes los tienen antes de crear servicios de juegos para infantes, que entiendan que una promesa no cumplida en este caso, puede tener consecuencias fatales más que una simple desilusión respecto a un servicio.
Por eso, antes de ordenar pedimos la cuenta, pagamos las bebidas y nos retiramos de ese lugar con una promesa hecha por todos, incluyendo al mayor de los niños: no volver.
En esta historia como ven perdimos todos.
Buen provecho y hasta la próxima semana.
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