Arnoldo Mora

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Viernes 7 Noviembre, 2008

Respuesta global a la crisis mundial (II parte)

Arnoldo Mora Rodríguez

En vista de la gravedad de la megacrisis que actualmente azota al mundo entero, considero que lo que ahora se impone es aquilatar las diversas propuestas concretas que buscan darle una solución, sea a corto, sea a más largo plazo, dado que esta crisis no es coyuntural sino estructural, por lo que abarca no solo al sistema financiero, sino a todas las políticas en el campo económico y social que hasta hace poco han predominado en los grandes centros de poder mundial.
Por las contundentes declaraciones del mandatario francés y actual presidente pro témpore de la Unión Europea, Nicolás Sarkozy, con ocasión de su encuentro con los gobernantes chinos en la capital del país asiático, se podría inferir que las fórmulas keynesianas a que han recurrido precipitadamente y con mal disimulada mala conciencia los grandes corifeos hasta no hace mucho de los dogmas neoliberales, no son suficientes.
Ciertamente el mundo parece caminar hacia una nueva concepción de la economía política que podríamos calificar a grandes rasgos como una forma de capitalismo de estado, como el que después de la era maoísta impuso Den Siao Ping en China, y que subyace en la concepción de estado de la Constitución costarricense de 1949, vigente durante la segunda mitad del siglo pasado y que los neoliberales han querido destruir desde hace más de 20 años.
Tal solución tiene a su haber el hecho real de configurar una respuesta ya probada en la práctica con innegables logros. Pero considero que las cosas han cambiando sustancialmente, por lo que una solución keynesiana ya no es suficiente. La crisis actual es más grave que aquella a la que dio dichosamente fin el más destacado líder político que han tenido los Estados Unidos durante el siglo XX, como fue Franklin Delano Roosevelt en 1933, solución que luego los europeos en la reconstrucción de su devastado continente durante la última postguerra, aunque se inspiraron en buena medida en las concepciones socialcristianas.
Se trata, en consecuencia, de recetas bien probadas en la práctica, pero, insisto, ya no son suficientes para asumir con posibilidades reales de éxito de largo alcance la crisis actual. Eso se debe a que en aquella época la industrialización del planeta estaba lejos de ser lo que es hoy, por lo que no se daba la sociedad de consumo. Por esta razón, entonces no se planteaba en forma tan aguda e inminente la crisis ecológica, provocada por la destrucción de los recursos naturales y la desaparición galopante de múltiples especies vivientes, como ahora.
Tampoco se había dado la emergencia histórica de los países periféricos. En el socialismo real, solo se había implantado el régimen soviético, inspirado en las draconianas medidas estalinistas. Por su parte, la revolución china apenas comenzaba a dar sus primeros pasos, por lo que no se podía vislumbrar lo que luego esta llegaría a ser. En los países árabes surgía el nacionalismo del líder egipcio Gamal Abdel Nasser, mientras que en Africa subsahariana los vientos anticolonialistas de los movimientos armados de liberación nacional adoptaban con frecuencia tesis socializantes; finalmente, en América Latina los jóvenes de izquierda se impregnaban de ideales guevaristas.
Todo eso se daba dentro del marco universal de la Guerra Fría y el bipolarismo, que amenazaba a cada instante con precipitar a la humanidad en una hecatombe nuclear.
Actualmente ese contexto de la política mundial ha cambiado sustancialmente. Ahora afrontamos, tanto la amenaza de la destrucción planetaria por causa de un conflicto militar de imprevisibles consecuencias en razón de la generalización del armamento nuclear, como la inminente destrucción de la biosfera que llevaría a la especie humana a su extinción en las próximas décadas si no cambiamos, no solo de modelo económico, sino también de escala de valores cuestionando el dogma de que solo la industrialización capitalista y su desaforada sed de consumo produce progreso.
Hoy la destrucción de la naturaleza nos lleva a una concepción que se sustenta en otros valores, que asumen como tarea fundamental la promoción de la vida en todas sus manifestaciones, biológicas en primer lugar, pero también culturales y espirituales.
Esto solo se logrará si, a nivel mundial, se impone un sistema político que, adaptado a las circunstancias específicas de cada país y región del mundo, tenga como inspiración fundamental el forjar una democracia social, ecológica, pluriétnica y multicultural. Es a la realización de esta utopía planetaria a la que debe la humanidad encauzar toda su inagotable creatividad, los progresos científico-tecnológicos y sus luchas en los campos políticos y culturales.