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Respeto como garantía de paz


Lo que se inició como una cruzada en busca de la libertad de miles de inocentes en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC) se ha salido de sus proporciones y ha desencadenado un conflicto a nivel continental.
Colombia, en su legítima búsqueda de la seguridad, y Ecuador, en su entendible defensa de la soberanía, libran una disputa, que lejos de resolverse bilateralmente, está sumando aliados y adversarios.
El pasado sábado las fuerzas armadas colombianas bombardearon un campamento de las FARC en territorio ecuatoriano, acción que se cobró la vida de 21 guerrilleros, en cuenta el número dos de la organización.
Una primera reacción fue el rompimiento de relaciones con Colombia por parte de los Gobiernos de Ecuador y de Venezuela, además del refuerzo de sus fronteras comunes.
Ayer el presidente ecuatoriano Rafael Correa emprendió una gira latinoamericana en procura del apoyo de sus homólogos en la región.
Con el mensaje “mi patria ha sido agredida y no hay argumentos que lo justifiquen”, Correa llegó a Perú y tiene previsto visitar Brasil, Venezuela, República Dominicana, Panamá y posiblemente Nicaragua.
Sin demérito de los esfuerzos que el presidente Correa está haciendo mediante su gira, valdría la pena detenerse a reflexionar que la vía más sensata para la resolución de cualquier conflicto es el diálogo directo con la contraparte.
Ayer mismo los gobiernos de Eduador y Colombia coincidieron en la convocatoria, por parte del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, de manera urgente a una reunión de consulta de ministros de Asuntos Exteriores para resolver la crisis, una oportunidad de oro que debe ser aprovechada por todas las partes.
La indignación del Gobierno ecuatoriano es comprensible pero no se justificaría reaccionar bajo los preceptos de la ley del “ojo por ojo y diente por diente”, cuando existen opciones de resolver el conflicto por la vía diplomática.
En la búsqueda de la normalización de las relaciones, es posible que surjan diferencias y estas deben ser discutidas para que luego lleguen a superarse, pero todo esto debe producirse sin perder de vista el bien común de los ecuatorianos y colombianos.
Nuevos ataques o agresiones ni siquiera deben ser considerados como una opción para este desventurado capítulo en la historia de Latinoamérica. Por el contrario, esta página debe pasarse con la convicción de que la violencia con violencia no se resuelve.
Bien lo decía Benito Juárez “el respeto al derecho ajeno es la paz” y este es el principio que ahora debe imperar.
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