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¡Refresque su equipo!

Gran Cañón, Arizona. La temperatura estaba en 46 grados centígrados; luego de dieciocho meses sin lluvia el paisaje lucía seco, café y una capa polvorienta opacaba las plantas. Lugareños y visitantes se movían despacio, protegerse del inclemente clima era una prioridad. ¿No es esto similar al ambiente de trabajo en algunos equipos?
Cuando las cosas no van bien, la organización se calienta, la innovación tiende a secarse ante la monotonía de las acciones. Los miembros se agobian, pierden su colorido y apenas hacen lo mínimo, buscando la sombra para evitar el embate de la pesada atmósfera. Así como la erosión causa grietas que separan en áreas la zona del Cañón, en algunos equipos las personas se distancian cada vez más.
De repente, todo se oscureció, comenzó una tormenta eléctrica y una torrencial lluvia hizo su aparición. Los turistas lucían algo asustados, pero los lugareños daban rienda suelta a su alegría; gozaban mojándose y jugando bajo el descomunal aguacero. Ellos comprendían que el anhelo de refrescar el entorno se convertía en realidad.
De igual forma, hay equipos que necesitan un “diluvio” para que su situación cambie. Este puede ser un esfuerzo supremo de sus miembros para romper paradigmas, la llegada de personas con mentalidad fresca que revolucionen la situación actual o tocar fondo para reaccionar con nuevos aires. Si los problemas se acumulan por mucho tiempo terminan evaporando el sentido de pertenencia y la voluntad para actuar.
La superficie en el Cañón es tan seca, que la lluvia tiene problemas para penetrarla, por lo que de inmediato se forman riachuelos que viajan a alta velocidad erosionando lo que encuentran a su paso. Así sucede cuando hay personas inflexibles en quienes las nuevas ideas rebotan por la ausencia de drenaje intelectual. La desmotivación agrieta la pasión. La valentía de hacer limpiezas periódicas de mentalidad, procesos y relaciones tóxicas previene desastres ascendentes.
“Esta tormenta no durará más de una hora”, dijo un miembro de la tribu Hualapai. Y así sucedió, pero lo sorprendente fue que al cesar la lluvia, el paisaje era completamente distinto. Las plantas ahora lucían sus radiantes colores, la temperatura bajó de 46 a 30 grados, y el cañón exhibió sus matices terracota, todo parecía muy limpio. El ánimo de los visitantes fue más jovial y se movían más rápido para disfrutar el interesante paisaje. ¡Qué bien hace una buena lluvia! ¿La necesita también su equipo?

German Retana
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