Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 3 Septiembre, 2009


De cal y de arena
Reforma electoral y partidos políticos

No es la modosita reforma al Código Electoral recientemente acordada, la herramienta idónea para sanear la democracia costarricense y contener el grave deterioro cualitativo que padece. Necesarias y pertinentes las nuevas reglas referentes al financiamiento de las campañas políticas, a la participación paritaria del género, al voto domiciliado en el exterior, a la contraloría de lo electoral y a la jurisdicción electoral, omiten, sin embargo, el abordaje de la cuestión fundamental que está incidiendo pesadamente en la calidad de la democracia y que es la deformación de los viejos partidos políticos desde que se les convirtió en meras maquinarias electorales, auténticas escaleras para alcanzar el poder a cualquier precio y satisfacer apetitos personales de quienes están en sus cúpulas. Partidos fuertes, definidos ideológicamente y comprometidos con el ideario que motivó la adhesión del ciudadano, con clara sumisión a la ética y a los valores de aceptación para esta sociedad, subordinados a una dirección compartida que no a la arbitrariedad caudillista y sometidos a la rendición de cuentas, son el arquetipo para una democracia lozana. Si no, ¿de qué van a servir los partidos a la hora de encarar las graves amenazas que plantean el narcotráfico, la corrupción y la inseguridad ciudadana; la pobreza, la inequidad, el analfabetismo y la ausencia de oportunidades? Los aportes de la nueva legislación electoral en medio de partidos famélicos, pueden quedar en expresión simbólica si los institutos de la democracia continúan languideciendo.

En las encuestas el elector está manifestando una mejor valoración de las figuras políticas que de los partidos, tal vez convencido de que estos son meras escaleras que se guardan pasadas las elecciones, como estructuras inútiles para impulsar el cambio desde que perdieron el control del poder, perdieron identidad ideológica y perdieron hasta la vergüenza. Lo peligroso es que la deslegitimación de los partidos deje un vacío ideal para que aniden los grupos de presión, dijo Oscar Arias en GRUPOS DE PRESION EN COSTA RICA. O que caigamos en lo que Daniel Oduber llamó “la democracia temperamental... esto es, el personalismo de un individuo que llega al poder y de acuerdo con su temperamento, hace lo que le da la gana y se convierte prácticamente en dictador” (RAICES DEL P.L.N.). Algo hay de eso cuando la improvisación sustituye la programación y las políticas de gobierno se amoldan al “cuarto lunar”. Tanto así como que ante la arremetida de la corrupción, las sanciones se dosifican con criterio visceral: a unos les aplican la guillotina; a otros la indulgencia de una leguleyada que sirva de hoja de parra. El tráfico de influencias —la más propagada y sofisticada forma que ha tomado la corrupción en estos tiempos— y el conflicto de intereses están causando estragos, pero como su persecución tiene todas las tonalidades de lo temperamental, sus beneficiarios gozan de la gracia de la impunidad que les permite candidatearse a diputado. “La corrupción deprime el apoyo de la ciudadanía a la democracia” (Jorge Vargas Cullell, Director Adjunto del Programa del Estado de la Nación).