Leiner Vargas

Leiner Vargas

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Martes 24 Octubre, 2017

Reflexiones: ¿Para quién debe ser la reforma fiscal?

Un país no puede pretender tener los servicios públicos y el bienestar de Suecia o Dinamarca si contribuye al fisco el equivalente de Haití o Guatemala. Lamentablemente, algunos políticos populistas quisieran continuar con un debate de reformar al Estado sin financiarlo o pretenden que se logre austeridad, en medio de la inoperancia del sector público.

Si bien es cierto una reforma fiscal es solo un punto de partida para una adecuada reforma del Estado, es insostenible para Costa Rica continuar jugando a la ruleta rusa sin pretender pagar el costo económico y social de no financiar adecuadamente al Estado.

Los fundamentos de lo que se debe y lo que se puede hacer en Costa Rica han sido claros, casi 25 años fallidos de reformas raquíticas no han permitido modernizar y hacer más eficiente la recaudación, mientras que por el lado del gasto, la inoperancia del Estado se mira en cada esquina. Flaco favor le hacemos al Estado con pretender subsanar la falta de ingresos con deuda, como ha sido la tónica en los últimos gobiernos. Lastimosamente este último, el llamado gobierno del cambio, ha sido esencialmente más de lo mismo, aumentando la deuda y teniendo poca o nula negociación política para resolver los problemas de mediano plazo. Al final del día la deuda debe pagarse con creces y el Estado se va minando poco a poco en sus capacidades. Es que en nuestro sector público, cuando hay carro, no hay chofer; cuando hay carro y chofer no hay gasolina; cuando hay carro, chofer y gasolina, no hay para viáticos; finalmente, cuando tenemos de todo, resulta que ese día tenemos huelga y no se puede realizar la gira programada.

Es injusto éticamente cobrar a los pobres como ricos y a los ricos como pobres y el más injusto de los impuestos en este tema en particular es aquel que no se cobra o se evade. La reforma fiscal debe apoyar la equidad en una sociedad que se ha vuelto cada vez más desigual. De igual forma, debe buscarse un balance apropiado para evitar avasallar a las pequeñas y medianas empresas, fortalecer la rendición de cuentas y articular de manera más efectiva los mecanismos devolutivos a los más pobres.

La reforma fiscal es ineludible y si bien pareciera políticamente vulnerable, no se puede seguir realizando obra pública o mejorando los servicios del Estado a la ciudadanía, si no tenemos un incremento significativo en los impuestos, que debería llegar al 18% del PIB. La inversión en educación, salud, seguridad e infraestructura requiere cada vez más apoyo público.

No se puede vivir eternamente de prestado. El país debe avanzar con pasos firmes a la consolidación de una estructura de ingresos fuerte que garantice el financiamiento de las funciones básicas del Estado, de la inversión estratégica en educación y ciencia y tecnología y la necesidad de recuperar la infraestructura física. Pero sobre todo, debe mejorar la gobernanza del presupuesto y la gestión pública, corregir los excesos y apuntalar una reforma al Estado que garantice mayor efectividad del gasto e impacto en los sectores vulnerables. Así las cosas, ambas partes de la ecuación deben tocarse, con sentido común y sin ideología, se requiere mejorar la función pública, corregir los excesos y financiar adecuadamente la obra e inversión que potencien el desarrollo económico y social.

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