Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 11 Enero, 2010


Raquel y las voces que se fueron


Se fue Michael Jackson. A pesar de haber sido un excelente bailarín y un intérprete innovador en sus espectáculos, dejé de respetarlo por sus dudosas relaciones con menores de edad y el deseo de borrar sus rasgos negroides y aclarar su color. Sin duda bailé sus pegajosas canciones en mi juventud pero su deceso no me provocó más que curiosidad. Al parecer una sobredosis de drogas medicadas fue lo que causó su muerte.
Se apagó Mercedes Sosa. Crecí con ella más que con ninguna otra voz. La escuché por primera vez siendo muy niña. La llamada Negra les prestó su voz a todos: cantó desde folclor hasta rock pasando por la canción política, la música brasileña y el tango. Fui a todos sus conciertos en San José, la vi bailar en el escenario del Teatro Nacional y ya con menos voz aunque todavía vibrante, la aplaudí en el Palacio de los Deportes en 2008. No era vieja pero estaba muy enferma: una complicación hepática calló la voz de la “Cantora”, como se llama su último disco que es una joya.
El cuerpo de Sandro no aguantó. Roberto Sánchez —ídolo latinoamericano antes de la globalización— me sorprendió en la infancia cuando a mis nueve años en Bogotá mis amigas me hicieron escuchar su primer éxito “Rosa, rosa”. Admirado y deseado hasta el paroxismo por muchas mujeres, Sandro fue respetado por todos: discreto, modesto y consecuente siempre mantuvo un bajo perfil en un mundillo donde la exposición personal es casi obligatoria. Me apenó su muerte. No tanto como mi amiga María Lourdes a quien le di el pésame. Después de fumar tres paquetes de cigarrillos diarios Sandro no tenía salvación posible. Se lo buscó.
Si Jackson fue mi contemporáneo, si a Mercedes la seguí hasta el final, si Sandro fue un recuerdo de infancia, con ninguno me reí a carcajadas en un bar hace unos meses. La que estuvo conmigo a mediados de octubre después del estreno de la película costarricense “Gestación” fue Raquel Ramírez, excelente cantante lírica nacional, alegre y coqueta mujer joven, divertida y golosa compañera del quehacer artístico. En la barra de un bar compartiendo chismes y cigarrillos hablamos de amores y desamores y apenas si tocamos el tema de su salud. No hacía falta: se veía tan esplendorosa como si leucemia fuera el nombre de un perfume exótico y no la marca de una terrible enfermedad.
Días después de nuestra parranda, Raquel asistió a la audición para “La Ópera de Tres Centavos”. Luego de hacer la prueba de actuación, me preguntó si debía cantar. No hacía falta, yo sabía que era una de las mejores mezzosopranos del país. Carlos Castro, compositor encargado de la parte musical de la ópera, también la conocía muy bien. Pero mi socia y amiga Sofía, que había escuchado a Raquel más de una vez, insistió en que cantara ¡y Raquel quería hacerlo! Y cantó. Un tango. “Balada para un loco”. Y todos los que estuvimos presentes disfrutamos de su voz y de su encanto.
El Día de Reyes, el miércoles 6 de enero, Sofi me informó que Raquel ya no cantaría nunca más y me recordó que la última vez que habíamos estado con ella, nuestra divina mezzo había cantado para nosotras.
Esta vez no me dio tiempo de donarle sangre. No pude verla antes de que se fuera. Pero me alegra guardar solo buenos recuerdos de mi querida Raquel.

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