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Que los chinos lo hagan

Costa Rica tiene dos opciones.
Pedirle a China que construya la infraestructura nacional, o tomar la decisión desde las más altas esferas, de hacer de una vez por todas las obras de forma eficiente.
El sábado antepasado, en medio de una alegría universal, Costa Rica celebró la inauguración del Estadio Nacional.
Sin embargo, no tenemos ningún derecho de sentirnos orgullosos por el éxito de ese proyecto, que fue diseñado, financiado y construido por Pekín.
Ni siquiera revisamos la forma mediante la cual se desarrolló, en lo que se refiere a prácticas laborales, fuentes del financiamiento o contratación de los proveedores.
Por otro lado, el Estadio fue entregado en perfecto estado incluso antes del día prometido, en menos de dos años.
Por el contrario, el jueves pasado, en medio de una orgía de recriminación mediática y política, la Fiscalía allanó las oficinas de todos los entes relacionados con el desarrollo y operación de la carretera a Caldera, mientras varios diputados anunciaron que estudiaban presentar una denuncia penal contra los ministros involucrados en ese proyecto todo esto a no menos de 30 años después de la planificación inicial de la obra.
Posiblemente hubo errores serios en el desarrollo de esa vía.
Pero también ha habido un sinfín de problemas con los puentes en todo el territorio nacional, así como con otras carreteras destrozadas y peligrosas.
En tanto, el país ha sido incapaz de avanzar con una serie de obras esenciales, las cuales incluyen una nueva vía entre San José y Limón, la renovación de los puertos del Caribe, y la construcción de la Circunvalación Norte de la capital, ni que decir de la modernización del transporte público en el área metropolitana.
Por cierto, Costa Rica ha hecho un gran papel en el campo del desarrollo social.
Los costarricenses en su gran mayoría son bien educados, y su expectativa de vida se encuentra entre las más largas del mundo.
Por otro lado, hemos quedado paralizados, en lo que a la planificación y ejecución de importantes obras se refiere.
Algunos rechazan el modelo de concesión, por ser una muestra del capitalismo salvaje.
Otros no quieren que las obras queden en manos de un Estado compuesto por un ejército de burócratas incompetentes.
Lo cierto es que el país ya cuenta con tantos controles para asegurar que no suceda nada malo en relación con cualquier proyecto, que casi no es posible realizar ni la mejor obra del mundo.
Ahora, al ventilarse la idea de demandar penalmente a varios altos funcionarios, como si fueran pillos comunes y corrientes, el terror de que alguien del Gobierno tome una decisión, será más extensa y profunda que nunca.
En este ambiente contraproducente, la única forma de romper el esquema estaría en manos de Laura Chinchilla.
A casi un año de la toma de posesión, su administración no ha hecho mucho.
No obstante, la Presidenta dispone de un amplio capital político, fue elegida con casi el doble de votos que cualquier otro candidato, y sigue siendo una líder sumamente respetada, con un nivel alto de popularidad.
Una de las cosas más productivas que podría hacer Chinchilla, es invertir parte de ese capital en apoyar el desarrollo de una infraestructura digna, la cual permitiría a Costa Rica enfrentar la competencia mundial, que cada año se pone más viva.
De lo contrario, queda la opción de darles en concesión las obras a los chinos.


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