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Viernes 5 Abril, 2013

Lo principal está en que los ciudadanos corrientes y sencillos… comprendan lo que significa la democracia, mancillada y manipulada por algunos que sí gustan del poder


¿Qué es la democracia?


Esta pregunta no tiene nada de novedosa, la han hecho los pensadores más ilustres y los más sencillos labriegos, lo importante no está en saber qué piensan de la democracia los primeros, sino los segundos, quienes más que filosofía esperan resultados concretos del sistema.
El aprecio que se tenga sobre un sistema de gobierno depende en mucho de los resultados que genere a mediano plazo en la calidad de vida de la ciudadanía.


Cuando uno tiene la posibilidad de sentarse a tomar una taza de café en algún lugar abierto de nuestro país, de ver circulación de gentes, es fácil “oler” la democracia, es como percibir el aroma de un buen café.
La oportunidad de personas libres, aunque ataviadas con sus problemas, de expresarse con libertad, pensar abiertamente, sin temor de ser callados o arrestados, despide ese rico aroma. Gentes que caminan con sus proyectos particulares, que en su mayoría, a lo mejor hasta inconscientemente, respetan a sus semejantes.
Somos una buena democracia, que se ha detenido en su paso, cuando tiene todos los elementos para seguir soñando con un mejor sistema y una mejor vida para todos.
Lo principal está en que los ciudadanos corrientes y sencillos, aquellos que no están interesados en ser parte de quienes gobiernan, que no tienen esa vocación, pero que sí gustan del derecho a la libertad y el derecho a la vida, comprendan lo que significa la democracia, mancillada y manipulada por algunos que sí gustan del poder.
Originalmente la democracia fue vista como una forma operativa para que la sociedad, desde el principio de las mayorías, pudiese tomar sus decisiones.
Instrumentalización que fue valida porque las sociedades antes eran de masas, hoy son de mosaicos por la gran diversidad de grupos, de intereses, de culturas, de ideologías, de gustos, etc., que abrigan y que exigen nuevos marcos de reflexión.
Antes los gobernantes asumían que el voto ciudadano y la dirección de la administración pública era suficiente para su legitimidad. Los tiempos cambiaron, ahora, eso solo legitima el triunfo electoral y la designación del gobernante.
Ya en el ejercicio del poder quienes gobiernan deben legitimarse todos los días —ya no es a priori— pues esa sucesión de historias singulares en que se ha convertido la sociedad exige otros espacios para su legitimación.
Las minorías ya no son “pequeñas partes”, sino la expresión de las múltiples partes que conforman la totalidad.
Hoy el ciudadano exige más comunicación, pero entendida esta como proximidad, cercanía, para poder reflexionar junto con sus gobernantes, pues no creen en la imparcialidad que estos predican.
En la Costa Rica de hoy hay cada día mayor sensibilidad ciudadana sobre la conducta de quienes gobiernan. Así, los gobernantes están obligados a salir del viejo modelo democrático en el cual el voto producía razón pública.
La democracia es un mundo común, no es la voluntad general, es el interés general, de valores compartidos. En la medida que esto sea comprendido le permitirá seguir —con todos sus defectos— siendo el mejor de los sistemas.
Hoy más que nunca gobernar es un arte, por eso los que no saben, o saben poco de este arte, terminan reprochando sus falencias a la “ingobernabilidad” que ellos mismos producen.

Claudio Alpízar Otoya
Politólogo