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¡Que se caigan las armaduras!


El libro “El caballero de la armadura oxidada”, de Robert Fisher, invita a reflexionar sobre la diferencia entre nuestra identidad (¿quiénes somos?) y nuestros roles (¿qué hacemos?). Es la “historia” de un caballero en las Cruzadas, que se empeñó tanto en proteger el brillo de su armadura y en cumplir su papel sin fallar, que cuando quiso quitársela ya no podía hacerlo, pues estaba atrapado en ella. Toda su vida giraba en torno a su función, y por eso hasta dormía con la armadura puesta; lo demás, incluyendo su familia, se volvió secundario, y puso en riesgo su relación con ella y su felicidad como persona.
Cuando tomó la decisión de quitarse la armadura buscó la ayuda del mago Merlín, quien lo envió a superar varias pruebas en las que, poco a poco, fue despojándose de ella. El primer paso del caballero fue aceptar que debía cambiar, que estaba atrapado en modos de pensar, de relacionarse con los demás, y en una obsesión por su buena imagen externa. A partir de este reconocimiento, tuvo que pasar momentos de soledad y reflexión, de incomodidades y de toma de conciencia de que ya había claudicado a su identidad para ser alguien que simplemente cumplía sus funciones a cabalidad.
¿No nos ocurre a todos más o menos lo mismo? Incluso llegamos a relacionarnos con base en nuestras armaduras. Además, algunas de ellas son temores, creencias, registros del pasado, modos de pensar, actitudes defensivas, miedos a dejar lo conocido para ir a lo desconocido, adicciones, aberraciones y fachadas que nos ponemos para evitar ser conocidos por los demás tal como somos. ¿Puede un equipo crecer si sus miembros se relacionan con sus “armaduras” siempre puestas?
Al caballero no le fue fácil, tuvo que recorrer el “sendero de la verdad”, y en él transitó por tres castillos: el del silencio, para reflexionar sobre su calidad de vida y reconocer la necesidad de cambiar, el del conocimiento, para descubrir su potencial, y el de la osadía y la voluntad para vencer sus propios temores. En cada uno enfrentó dudas y retos, cosechando poderosas lecciones que le permitieron avanzar por dicho sendero. Poco a pocos sus propias lágrimas de arrepentimiento deshicieron la armadura que lo tenía atrapado.
Fue la búsqueda de su propia esencia, de su autenticidad, lo que le permitió al caballero recobrar el control de su vida, sus relaciones más importantes y reafirmar que él era algo más que un rol, que una armadura.
Así, cuando todos los miembros de un equipo se despojan de sus “armaduras”, lo mejor de cada persona sale a relucir y se pasa de las apariencias al crecimiento real de sí mismo. Aquí surge la confianza, el respeto, la unión y el coraje de ir a conquistar, juntos, los anhelos compartidos.
¿Hay armaduras en tu equipo?

German Retana
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