Alvaro Madrigal

Alvaro Madrigal

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Jueves 13 Noviembre, 2008

De cal y de arena
¿Qué diablos hiciste, George?

Alvaro Madrigal

Me pregunto si habrá creído que el mundo es su retrete o su albañal al constatar yo, estupefacto, cuánta destrucción provocó en sus ocho años al mando de la mayor potencia militar y económica. George Bush, 43° presidente de Estados Unidos de América, heredó un superávit fiscal de $230 mil millones que malbarató y convirtió en un gigantesco déficit de $455 mil millones por ahora. El peor gobernante de Estados Unidos en toda su historia como lo reputa la revista Rolling Stone, se inventó una disparatada interpretación de la realidad para justificar su arbitraria —porque lo hizo violando la ley internacional y pisoteando la ONU— invasión a Irak. Esa aventura ha sido un barril sin fondo que se ha tragado billones de dólares que mejor invertidos estarían en estimular la producción, combatir la pobreza, fomentar la educación, proveer un sistema idóneo de seguridad social y auxiliar a los 20 millones de estadounidenses que viven en extrema pobreza. Sus políticas prohijaron los desenfrenos de una insaciable industria financiera que ha terminado colapsando a un altísimo precio y con ecos desestabilizadores a nivel mundial. La economía se desploma y sus figuras emblemáticas, como General Motors y Ford Motor Co., están amenazadas de correr la misma suerte de AIG y Fannie Mae. El desempleo es del 6,5%, con pérdida de 1.200.000 empleos en lo que va del año. Cual emperador romano, quiso imponer su visión del mundo en el concierto de las naciones y quienes no alabaron sus desvaríos se ganaron el ostracismo. La “vieja Europa” fue escupida por el tristemente célebre secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, pero al precio de aislar a una nación que había venido luchando por recuperar prestigio y respeto. Obstruyó la vigencia del Protocolo de Kioto, dosificó con gotero la ayuda al desarrollo y se embarcó en una nueva edición de las desestabilizaciones de gobiernos decididos a destetarse de Washington.

Este 4 de noviembre el pueblo se rebeló y una aplastante mayoría de terrícolas se solazó. Triunfó Barack Husseis Obama y derrotó al gobierno “de los halcones” y al Consenso de Washington. Un inédito 66% del electorado concurrió a las urnas y votó en un 52% (63,2 millones) por Obama y en 46% (55,9 millones) por McCain. El Partido Demócrata consolidó el control del Senado y de la Cámara de Representantes, en una expresión de confianza y de esperanza en el mensaje renovador de su candidato, quien arrebató feudos emblemáticos (Florida) a las huestes republicanas. Los votos que lo eligieron, el contexto en que se produjeron y el contenido de sus mensajes de cara a los descomunales problemas internos y externos legados por la depredadora administración de Bush, colocan a Obama en muy difícil encrucijada. Lo esperan la crisis económica y fiscal (con sus derivaciones en la producción y el empleo), las guerras en Irak y Afganistán, la recuperación del multilateralismo, el respeto al principio de la autodeterminación de los pueblos, la rehabilitación de las vías de la negociación y un mundo sediento de respeto, paz y justicia. Cierto, toda escoba nueva barre bien... pero el basurero que deja Bush es enorme.