Silvia Castro Montero

Silvia Castro Montero

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Viernes 20 Septiembre, 2013

Una alternativa sería graduar a los alumnos de colegio con la nota de presentación más una sola prueba internacional que evalúe sus capacidades de razonamiento


Pruebas de bachillerato y don Johnny

Ante la propuesta de Johnny Araya de no requerir las pruebas de bachillerato a los alumnos que no piensan continuar con su formación universitaria, comprendo los argumentos de quienes se preocupan que el país pueda retroceder en materia educativa, pues según ellos, las pruebas establecen una lista de contenidos mínimos que todos deberíamos conocer. Sin las pruebas, los estudiantes aprenderían menos porque no se esforzarían por dominar la materia. Además, el sistema educativo sería menos consistente porque cada centro podría variar, en detrimento de su calidad, el currículum oficial; y el país no contaría con información completa para comparar y mejorar el rendimiento general de los alumnos y los centros educativos. Sin los resultados en las pruebas de bachillerato, no se podría brindar un grado de confianza a la población en el sistema educativo, un fin de gran valor político.
También comprendo la posición de los críticos, que indican que las pruebas de bachillerato evalúan solo contenidos mínimos de un currículum que no es el idóneo ni pertinente, a la luz de los requerimientos en la era del conocimiento. Las pruebas evalúan el aprendizaje memorístico de algunos conceptos y hechos aislados, no el aprendizaje contextualizado y significativo de valiosas habilidades para el trabajo y la vida.
Lo que no se evalúa no se aprende ni se enseña, por lo que el tiempo que se destina a preparar a los muchachos para pasar las pruebas de bachillerato podría destinarse a la enseñanza del razonamiento matemático y científico, de la comunicación oral, escrita y visual; del uso de herramientas tecnológicas y los idiomas; de la ética y otras valiosas competencias generales y específicas de las disciplinas del conocimiento.
Por otra parte, se utilizan las mismas pruebas para evaluar el aprendizaje en comunidades urbanas y rurales, afluentes y marginales, sin que su diseño refleje las disparidades en la disponibilidad de recursos, lo que claramente va en detrimento de los intereses de las comunidades desfavorecidas.
Por último, la implementación de las pruebas implica una enorme inversión financiera que podría destinarse a otros fines, como a la infraestructura, tecnología y otros recursos de aprendizaje.
Una alternativa sería graduar a los alumnos del colegio con la nota de presentación, pero además solicitarles que realicen una sola prueba de carácter internacional que evalúe sus capacidades de razonamiento. Las calificaciones obtenidas, aunado a los datos socioeconómicos de los alumnos, podrían servir como un criterio de admisión y de otorgamiento de becas en todo el sistema universitario, público y privado, lo que generaría beneficios, no solo para los estudiantes y sus familias, sino para las universidades, que se ahorrarían los enormes costos de aplicar sus propias pruebas. Los alumnos se esmerarían en salir bien evaluados en esta prueba, por lo que tendrían que aprender a razonar.
Finalmente, el país podría, con mucho menor costo, recopilar y comparar datos sobre la condición académica, socioeconómica y laboral de los alumnos, con el fin de evaluar los resultados de las instituciones educativas, en el corto, mediano y largo plazos.

Silvia Castro

Rectora de ULACIT