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Prudencia, no extremismo

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La muerte y los impuestos, versión tica
Benjamín Franklin acuñó una de las frases más famosas de la historia reciente: “No hay nada seguro salvo la muerte y los impuestos”. Cuando la escuché por primera vez me produjo un poco de extrañeza, me parecía que no era como muy aterrizada a la realidad que vivía. Más tarde entendí que esa frase, solo se comprende en su contexto en el que se hace.
La pura verdad, nuestros vecinos del Norte se toman los impuestos mucho más en serio que nosotros, al punto que su diseño técnico (para bien o para mal) va acompañado de la percepción de que cuando alguien evade impuestos se causa un perjuicio a la sociedad, al punto que personas amadas en un momento, se convierten en parias de la sociedad cuando se descubre que evadían sus impuestos.
Que nos lo cuente Pete Rose o Willie Nelson. Incluso han servido como instrumento para capturar a grandes criminales como Capone, que aunque nunca le probaron un asesinato, igual terminó en la cárcel por evadir el impuestos derivados de los ingresos por contrabandear licor y cigarros. Ese sentimiento se ve hasta en las películas de Hollywood, cuando se escucha a los personajes decir “tengo derecho porque yo pago mis impuestos”.
En Costa Rica la cosa es un poco distinta. La evasión fiscal obviamente está gobernada en principio, por un sentimiento innato de no querer renunciar a la riqueza acumulada, pero es un fenómeno que se potencia considerablemente por el hecho de que el gasto público sea tan obscenamente dilapidado en corrupción, burocracia excesiva, inoperante y obstruccionista, gollerías sindicales o proyectos que parecen diseñados por adolescentes y ejecutados por niños de kínder. Esto hace que el tico evasor de impuestos no sienta que esté haciendo algo tan malo, puesto que aunque pagara, solo un pequeño porcentaje del dinero llegaría a donde tiene que llegar. ¡Que agarren de tonto a otro! Así, en Costa Rica la muerte está segura, pero pagar impuestos, solo tal vez. Esto ha redundado en que los funcionarios de Tributación actúen como si todos los contribuyentes fueran evasores a priori, salvo prueba en contrario y muchas veces les dispensan un trato como si ya lo fueran.
De esto da cuenta el nuevo proyecto de Reglamento del Procedimiento Tributario, que afortunadamente todavía no ha sido aprobado en su estado actual y que más bien parece un manual de sumisión a la inquisición tributaria, un verdadero compendio de abusos y arbitrariedades.
Si queremos en algo reducir el déficit fiscal y ayudar al país, primero debemos atacar el despilfarro estatal y mejorar visiblemente su eficiencia, cuestión que de forma orgánica nos llevaría a un mayor cumplimiento voluntario del pago de los impuestos, como consecuencia de que los frutos de ese sacrificio sean palpables. Y una vez que no exista la excusa para evadir por el desperdicio estatal, mejorar los controles para atacar la evasión e imponer sanciones justas y proporcionadas, que despejen la actual percepción de impunidad.
Por último y no por ello menos importante, desterrar la arbitrariedad y el abuso administrativo actual, así como sancionar igualmente a los funcionarios que la practiquen. Pero ni el desperdicio, ni la evasión, ni la bravuconería tributaria nos llevan a ningún lado.
Abogado tributarista

Rafael Luna
[email protected]
 

 

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