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Prevención de desastres


La poca preparación en materia de desastres naturales es un mal que aqueja al país y que año con año cobra una costosa factura a los costarricenses.
Costa Rica, por su ubicación geográfica, es un territorio propenso a desastres como inundaciones, terremotos, huracanes y derrumbes, cuyos efectos se podrían disminuir con una acertada planificación.
Sin embargo, esto no ocurre a pesar de que los embates de la naturaleza se repiten cíclicamente.
La reciente emergencia en la costa del Pacífico y Guanacaste —que habría costado más de ¢4 mil millones en daños solo en infraestructura— es un ejemplo claro.
Las labores de organismos de socorro como la Cruz Roja y la Comisión de Emergencias son loables, pero se puede hacer más desde el punto de vista de la prevención.
Se siguen otorgando permisos de construcción en zonas no aptas, propensas a sufrir en cualquier momento por algún derrumbe o inundación.
Las viviendas, en lugares propensos a inundaciones, continúan siendo inadecuadas. Se debería —por ejemplo— retomar la idea de administraciones anteriores de construir con pisos elevados, para así disminuir los efectos devastadores en muchas familias.
Estas zonas deberían contar con albergues y planes de evacuación eficaces. Entrenar a las comunidades para saber qué hacer en caso de emergencia. No basta con improvisar los salones comunales o las escuelas, como ocurre actualmente.
De igual forma, resulta imperdonable que por ineficiencia burocrática existan recursos disponibles para atender las emergencias, pero que no puedan ser canalizados a tiempo y en forma oportuna.
Esta situación impide que exista una respuesta adecuada y oportuna para reducir el dolor que muchos costarricenses atraviesan en épocas de desastres.
La mejora en la prevención de catástrofes es un asunto que debe tomarse con la seriedad del caso, para que no suframos cada año los mismos problemas, con su carga de dolor para tantos costarricenses.


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