POR FAVOR...SILENCIO
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POR FAVOR…SILENCIO
GAPARI

La Copa del Café ya no hay ni que venderla.
Todas las noches se agotan las entradas, señal de calidad, éxito y organización.

Si bien es cierto muchos jóvenes ingresan al club pero no entran al estadio, pues su ilusión es la miniferia, tampoco molestan a quienes asisten a ver tenis del mejor del mundo.
Cada grupo está y vive en su propio universo.
No cabe un alma en las gradas; cuesta caminar en la feria.
Huele a perfume caro; la ropa es de marca; el ambiente es fino; los patrocinadores son gentiles y bellas modelos regalan sus productos. Puede que el tenis sea elitista, pero a nadie se le prohíbe ni jugarlo ni disfrutarlo. Salados los traumáticos, que buscan divisiones en lugar de disfrutar en las alturas.
Ayer leía que Andy Murray todavía no gana un Grand Slam.
Está joven en su carrera.
Gabriela Sabatini, la máxima exponente del tenis argentino, con una larga y fructífera carrera, solo ganó un Grand Slam, el Abierto de Estados Unidos.
Repaso los ranking mundiales y, en el escalafón, en los primeros diez lugares, no figuran italianos, mexicanos, canadienses, japoneses, israelíes, chinos, países todos de millones de habitantes, salvo contadas excepciones. En muchas listas no figuran tenistas de estos y otros países de millones de habitantes, ni entre los primeros cien del planeta.
¿Cómo se reclama entonces, y hasta se hace mofa, de que los tenistas criollos no avancen en la Copa del Café?
La competencia en el tenis tiene un solo calificativo: salvaje.
Manifestaba Ricardo Castro, hombre de tenis en una de sus columnas, que un tenista costarricense puede ganar la Copa del Café cuando quiera y se lo crea.
Puede que tenga razón.
El ser humano es capaz de cualquier cosa; es asunto de proponérselo.
Pero sin duda, en el tenis es bien difícil sobrevivir y bien difícil alcanzar el éxito.
Miles de muchachos de todo el mundo, de países ricos y poderosos y de otros de guerras y miserias, sucumben en la jungla del tenis competitivo.
Kenneth Thome, responsable, talentoso, con medios económicos y biotipo perfecto para convertirse en tenista profesional, narra cuando lo entrevistan lo difícil de sobrevivir en esa selva.
Miguel Marín, el papá de Juan Antonio, antes de construir y levantar una industria exitosa que se llamó Perfiles Ranurados, que le permitió luego armar la aventura de enviar a su prometedor hijo a formarse en España, empezó trabajando en una esquina del Correo armando y vendiendo figuras de alambres.
Conocí y traté personalmente a Miguel, a su esposa y familia.
Un hombre aguerrido y diferente pudo formar, o ayudar a formar, a un tenista atrevido y diferente. Mente y oficio.
Juan Antonio tuvo contra las cuerdas a Pete Sampras en Roland Garros; derrotó a Marcelo Ríos en Chile y estuvo ranqueado entre los primeros 50 del mundo.
Genio y figura del padre; mente fuerte y competitiva del hijo.
Esto no se vende en los supermercados.

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