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Policiaco sin novedades

• Actuaciones vigorosas no compensan las fallas de un relato predecible, que se desmorona al final

Honor y orgullo
(Pride and Glory)
Dirección: Gavin O'Connor. Reparto: Edward Norton, Colin Farrell, Jon Voight, Noah Emmerich. Duración: 2.05. Origen: EE.UU. 2008. Calificación: 5.

El tema de la corrupción es uno de los más frecuentes en el género policiaco. Hoy en día, es casi imposible encontrar un filme sobre las fuerzas del orden, donde no se mencione a ningún agente deshonesto, dispuesto a recibir sobornos, abusar de su autoridad o realizar actividades ilícitas.
La tendencia comenzó en 1973, cuando el maestro Sidney Lumet dirigió la reveladora “Serpico”, exponiendo por primera vez este inquietante fenómeno, en toda su complejidad. Desde entonces, pocas películas han logrado aportar algún elemento útil o significativo. Por lo general, la figura del oficial corrupto se ha convertido en un estereotipo, que los cineastas utilizan para explotar la creciente desilusión de los ciudadanos hacia las instituciones.
Algo parecido se da en “Honor y orgullo”, típico ejemplo de policiaco sin novedades, donde todo lo que acontece en pantalla ha sido expuesto —con mayor claridad, credibilidad y contundencia— en títulos anteriores. Al igual que la reciente “Dueños de la calle” (We Own the Night, 2007), la trama gira alrededor de un núcleo familiar, cuyos integrantes trabajan en al departamento de policía de Nueva York. En este caso, se trata del veterano capitán Francis Tierney (encarnado por Jon Voight); sus dos hijos varones, Francis Jr. (Noah Emmerich) y Ray (Edward Norton); y su yerno, Jimmy Egan (Colin Farrell).
Algunos años atrás, Ray sufrió una mala experiencia que arruinó su vida; ahora, trabaja detrás de un escritorio. Su padre lo convence de regresar a la calle, para investigar la muerte de cuatro agentes en el transcurso de un enfrentamiento con narcotraficantes. Ray descubre una incómoda verdad, que lo coloca en una posición difícil con respecto a sus parientes y colegas.
Lo que para el protagonista es una sorpresa, para el espectador resulta ser un consabido giro narrativo. El guion cubre un terreno dramático ampliamente conocido, y el joven director Gavin O'Connor resulta incapaz de agregarle sazón. Al contrario, su maldiestro uso de la cámara crea únicamente confusión.
Lo que sí se deja apreciar, es la puntualidad de los diálogos y la fuerza de los desempeños histriónicos. Los personajes centrales están esbozados con sobriedad y verosimilitud, sobre todo en el caso de Edward Norton.
Sin embargo, actuaciones vigorosas no compensan las fallas de un relato terriblemente predecible. Para peores, “Honor y orgullo” se desmorona justo al final, cuando se desata un disturbio callejero y una pelea en un bar: dos situaciones paralelas, tan forzadas que rozan lo patético, echando a perder gran parte de los méritos acumulados hasta entonces.
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