Arnoldo Mora

Arnoldo Mora

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Viernes 17 Mayo, 2013

El origen de toda corrupción, no solo de un sistema político, sino de la sociedad en general, comienza con la corrupción de los jueces


Poder Judicial y democracia

En estos días el Poder Judicial ha ocupado la atención de los medios de manera inusitada. Y no es para menos, pues representa y encarna, tanto o más que los otros poderes, el Estado de derecho.
No hay democracia real sin jueces probos porque ellos interpretan las leyes y las aplican a las circunstancias concretas. Para lograrlo cuentan con el poder coercitivo del Estado.


Por eso el origen de toda corrupción, no solo de un sistema político, sino de la sociedad en general, comienza con la corrupción de los jueces.
Según Montesquieu, la corrupción de los jueces se da, o porque son sobornados por el dinero, o amenazados en su vida o la de sus seres queridos, o ensuciando su honor. De ahí la importancia de la transparencia en los procesos de escogencia de jueces y magistrados para escoger a quienes garanticen su absoluta independencia frente a las presiones de políticos y poderes fácticos.
Sus sentencias solo tienen validez si se apegan estrictamente a la letra y al espíritu de la ley. La escogencia de los jueces y la elección de los magistrados es mucho más que el cumplimiento de un mandato constitucional; es un síntoma inequívoco de la salud de la democracia. Es el equivalente a un termómetro en el caso de un enfermo.
Dos hechos recientes relacionados con lo que acabo de decir, nos deben hacer reflexionar. Uno de ellos se dio en la base del Poder Judicial, el otro en su cúspide. El primer caso concierne a la captura de un juez en Pococí, por sospechas de haber contratado sicarios para asesinar a un colega que pidió su destitución acusándolo de grave incumplimiento de sus deberes. La ciudadanía exige que se llegue hasta lo más hondo de este espeluznante caso, porque el primer paso para acabar con la corrupción es combatir sin tregua la impunidad. Y eso comienza en los tribunales mismos.
El otro asunto que ha tenido en vilo a la opinión pública luego de la inesperada muerte del Presidente de la Corte Suprema de Justicia, ha sido la elección de su sucesor por parte de los 22 miembros de la Corte Plena. Considero que la elección de la Licda. Villanueva como Presidenta y del Lic. Arroyo como Vicepresidente fue lo mejor que le pudo suceder al Poder Judicial y, por ende, al país. Pero las peripecias políticas que acompañaron este proceso eleccionario y su culminación revelan hasta qué punto nuestra institucionalidad democrática se ve afectada en todos sus estratos por la ausencia de consenso en sus valores básicos, que ponen de manifiesto más las divergencias que las convergencias (¿anuncio de lo que debería ser la tónica del proceso electoral que se inicia?).
Nuestro país debe convertirse en un gran foro donde se debatan con entera libertad y en igualdad de condiciones todos nuestros disensos. No hay que temerle a la discusión, porque de la libre confrontación de las ideas emerge lo mejor de los consensos democráticos. Solo cuando somos libres para pensar y decirlo públicamente, somos libres en todo lo demás (Spinoza). Solo así estaremos en capacidad de discernir lo que es mejor en función de los intereses de la Patria.

Arnoldo Mora