Redacción La República

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Martes 4 Noviembre, 2008

Pirata cojo, muellero en Japdeva

Luis Valverde
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Quiso ser Al Capone en Chicago, sultán de un harén, tenor en “Rigoletto” y hasta dueño de un cabaret.
Quiso probarse en la piel de todos los hombres, pero nunca mencionó Joaquín Sabina en su “Pirata Cojo” a la que quizás se ha vuelto la profesión más apetecida para algunos en Costa Rica: muellero en Japdeva.
No es para menos. Pedir $700 millones para los 1.400 empleados —medio millón de dólares para cada uno— como plan de retiro adelantado, representa sin duda una bonita y jugosa forma de asegurarse un más que digno futuro en una provincia en donde la pobreza extrema es del 4,7%, la segunda más alta del país.
No especificaron los señores del sindicato si el dinero lo querían en denominaciones bajas o altas, o si querían desembarcarlo ellos mismos con sus propias grúas pórticas. Lo que sí causó sorpresa fue la rapidez con la cual decidieron la suma: ¡Media mañana! mucho menos que las más de 24 horas que tardan en desocupar un buque de mediano tamaño, sin “tortuguismo” incluido.
Siendo la principal puerta de entrada y salida de productos costarricenses, con ingresos millonarios al año, la retribución del sistema de puertos del Caribe a la comunidad limonense en realidad se ha quedado corta en comparación con la experiencia de otras ciudades portuarias del mundo. Quizás sería bueno comenzar a pensar en el bien común de toda la provincia y no solo el propio —el de los muelleros—.
Los millones pretendidos por los sindicalistas limonenses son recursos provenientes de las arcas del Estado; o mejor dicho, de usted y de mí, de lo que pagamos cada año en impuestos… nuestro dinero, rebajado para el bien social y la adecuada redistribución de todos los costarricenses, no solo de 1.400 de ellos.
Desconozco si Sabina eligió ser el pirata cojo porque quería convertirse en un viejo truhan, capitán de barco con bandera de tibias y calavera o si fue simplemente porque el parche lucía bien con su sombrero, pero de lo que sí estoy seguro es que pretender repartirse el dinero de los costarricenses, no es de caballeros de mar.
Por mi parte, nunca había pensado —hasta ahora— en probar, como Sabina, la piel de otros hombres.
¿Y qué tal si me convierto en muellero de Japdeva?… Retirarme a mis 31 años con medio millón de dólares en el bolsillo… ¿En dónde tengo que firmar mi inscripción, señor sindicalista?
¡No! Recapacito y me sonrojo… ¡Yo sí que me sonrojo!
Prefiero mi vida, simple y honesta, como cronista de sucesos y noticias, en este pequeño país de fulanos, con la lágrima fácil, que se quejan solo por vicio…