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A partir del rastrojo se podría montar una industria de textiles, productos químicos y etanol

Piñeros desperdician potencial de residuos

• Sector y creadores del concepto para industrializar el rastrojo no se han puesto de acuerdo
• Cámara estudia mecanismo para obtener ganancias junto con la firma Pulpas de Celulosa

Eduardo Baldares
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Al tiempo que importa textiles, químicos y combustible, el país entierra un producto que serviría de base para el autoabastecimiento en estos rubros: El rastrojo de la piña.
Aunque se está utilizando como abono para la siembra de esta fruta, el rastrojo estaría para más, constituyéndose en una industria paralela de grandes proporciones, con el potencial de generar alrededor de 15 mil empleos distribuidos en cada una de las tres principales regiones piñeras del país.
Aunque estudios certificados por el Centro de Alta Tecnología Franklin Chang avalan la calidad de este insumo en la elaboración de textiles, la fabricación de químicos para pinturas e incluso como base para la producción de etanol, aún prevalecen diferencias entre los piñeros y la firma Pulpas de Celulosa, cuyo proyecto “Manejo Sostenible del Rastrojo de la Piña y su Reconversión Productiva” fue declarado “de interés público” a comienzos de 2003 por el gobierno de Abel Pacheco.
¿Por qué no se han puesto de acuerdo? “Mucho de ese material nosotros lo estamos incorporando al suelo, como un abono natural”, sostuvo Abel Chávez, presidente de la Cámara Nacional de Productores y Exportadores de Piña (Canapep). “Para promover este proyecto se ha recurrido a mitos y falsedades, como que el rastrojo se elimina con paraquat, cuando este químico está totalmente erradicado de nuestras prácticas”, agregó.
“Lamentablemente el proyecto no ha caminado, quizás porque algunos empresarios no han querido distraerse en una industria derivada, pero tampoco se han organizado de forma inteligente para explotar en toda su dimensión el enorme potencial de este subproducto”, comentó Walter Coto, uno de los inversionistas de la empresa.
No obstante, los productores están dispuestos a volver a sentarse y escuchar nuevas propuestas, siempre y cuando la contraparte tenga claro que en el mundo de los negocios siempre se espera un beneficio. “La otra vez que nos reunimos no nos dieron opciones. Simplemente querían que les diéramos el rastrojo y vimos que el proyecto de ellos tenía nombre y apellidos, así que no se concretó nada”, aseveró Chávez.
Casi cinco años y medio después del decreto, Pulpas de Celulosa vuelve a la carga con tres opciones.
La primera de ellas —ceder sin cobrar por el insumo, que sería recogido de las fincas por equipos de Pulpas de Celulosa— es rechazada ad portas por Chávez.
“Esto significaría un gran ahorro para los piñeros, porque no tendrían que preocuparse de nada, considerando que el tratamiento del rastrojo les saldría gratis y se calcula en unos $1.000 por hectárea”, justificó Coto.
Entonces habría que pasar a la segunda opción, que consistiría en que los piñeros se lo vendieran a la firma. “Tendría que ser a un precio muy razonable, y ellos tendrían que encargarse de proporcionárnoslo”, amplió Coto.
Finalmente está la opción que a Chávez le parece más interesante: Que los productores se asocien con la empresa que patentó la idea, creando juntos una industria paralela.
“Esa sí me suena, pero tendríamos que sentarnos y hablar largo y tendido”, adujo el presidente de Canapep, mientras Coto sostiene que “lo importante es llegar cuanto antes a un acuerdo, porque en estas épocas el país no se puede dar el lujo de desaprovechar sus recursos”.
Los desechos de la industrialización de la piña constituyen hasta el 65% del fruto. Además de la corona, el corazón y las cáscaras, se genera el rastrojo, el cual corresponde al material vegetal de la planta y se elimina después del ciclo comercial.
Se ha determinado que, por hectárea de piña cultivada, se generan cerca de 300 toneladas métricas de rastrojo, y considerando que hoy hay alrededor de 40 mil hectáreas en explotación, se estaría hablando de 12 millones de toneladas métricas dispuestas a convertirse en camisas, pinturas y biocombustible.

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