Leopoldo Barrionuevo

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Sábado 17 Mayo, 2008

ELOGIOS
Peronismo y populismo

Leopoldo Barrionuevo

Me había graduado de maestro, sin trabajo y con dificultades para conseguirlo; estaba estudiando el profesorado en letras después de una breve incursión en derecho, sin pena ni gloria y la época política no ayudaba: los peronistas repartían las prebendas y exigían algo que nunca poseí y siempre me negué tramitar: el carné de afiliado peronista. Sin el adminículo con foto y fecha de expiración no había cargo oficial y aún no existía otra enseñanza que no fuera del Estado. Esta llegaría con el gobierno de Frondizi, lo que se denominó enseñanza laica y trajo la institucionalización de la enseñanza privada a las universidades. Pero al menos podía enseñar como suplente en escuelas de provincia reemplazando maestras embarazadas o con partes de enfermas.
Por entonces —1952— murió Evita y tuvo un duelo que se extendió más de un mes en un julio de lluvia pertinaz y un frío mayor que el habitual para un mes frío y tuve que asistir como maestro suplente con todos mis alumnos en tres oportunidades, sin faltar porque nos facilitaban transporte, emparedados de pan de mijo y mate cocido bien caliente; aguardabas alrededor de seis horas en la cola en la Secretaría de Trabajo y Previsión donde la velaban con las criaturas ateridas de frío y reportabas a los que no estaban bien para que se fueran a su casa con las monedas para el colectivo que salían de mis flacos bolsillos.
En nuestro caso, la fuga no era posible porque aparte de la responsabilidad por los alumnos, se pasaba lista de ida y regreso, una práctica que se hizo endémica en los últimos años de Perón, cuando la ausencia de Evita mermaba las multitudes de la Plaza de Mayo y la rellenaban con los empleados públicos. De ahí que las circulares referentes a las convocatorias políticas nos hicieran preguntar en la escuela, al director, si pasaban lista.
Era maestro de sexto que intentaba reclutar alumnos menores de 16 años que optaban por trabajar con su padre antes que ir a la escuela. Estábamos en un barrio bravo pero de gente de trabajo —Mataderos— cuando aún no existía el sábado inglés (no trabajar por las tardes de los sábados) y veía la migración de mis alumnos para vender gaseosas, maní garapiñado, turrones y helados Laponia en la cancha de Nueva Chicago cercana a la escuela.
Y aún siendo respetuosos, los mayores tenían entre 16 y 18 años (yo apenas tenía 20) y había que saber hablarles, sin descuidar el nuevo lenguaje con los pobres que instituyó el peronismo, pero que fue una bendición por lo que nos enseñó a todos. El lenguaje de los políticos socialistas y comunistas no lo entendían ni ellos, de ahí que nunca tuvieran un acercamiento como el que alcanzó el peronismo
Mi crítica al peronismo no era ideológica: la confusión de postguerra era demasiado marcada como para que uno tomara partido: intenté ser radical (pero no de la unión Cívica), me inscribí en el socialismo al caer Perón y en el fondo era existencialista, más interesado en Sartre, Camus y Beauvoir que en la política. Eso me fue conduciendo a una búsqueda permanente de la libertad y el rechazo invariable a todo totalitarismo, de ahí mi indignación por el sometimiento al populismo, aunque debo reconocer que todo eso era mucho menos importante que lo que llegó después de Perón: fusilamientos, asesinatos, desapariciones, tortura, humillación y desprecio por la más mínima dignidad humana. Por algo decía Perón: “No es que nosotros seamos buenos, es que los que vienen detrás, son peores”.
Amén de ello, no había hambre ni miseria, lo cual me duele aun cuando se desprecia al populismo sin intentar resolver la pobreza. Lo cierto es que políticamente Perón no superó la ausencia de Evita y el país tampoco: el 80% del electorado sigue siendo peronista y han pasado 60 años, los suficientes para que la gran mayoría de los ciudadanos actuales no hayan vivido cuando estos acontecimientos tuvieron lugar y ya sabemos que “no es lo mismo verla venir que bailar con ella”.

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