Claudia Barrionuevo

Claudia Barrionuevo

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Lunes 30 Noviembre, 2009


¿Pero thinner?

Mi amiga Inés llegó a mi casa llorando a lágrima viva. No era para menos: el mejor amigo de su hijo inhalaba thinner. La madre del chico la llamó para advertirle sobre la posibilidad de que su hijo lo hubiera hecho también.
Al parecer un compañero de colegio (¡estoy hablando de adolescentes menores de 15 años!) llevó a la institución una botella del poderoso diluyente de pinturas diciendo que se trataba de una droga nueva que él había inventado en su “laboratorio” casero. Ya fuera que creyeran esta irrisoria mentira o no, lo cierto es que varios muchachitos habían pagado ¢5 mil por la promesa de un “buen viaje”. Luego de varias inhalaciones uno de ellos se había descompuesto.


Tenía la absoluta certeza de que el pequeño de Inés no había cometido la tontería de inhalar thinner. Se trata de un chico inteligente y centrado con suficiente conocimiento como para saber que el producto químico en cuestión provoca toda clase de efectos desagradables y es tan peligroso que puede causar la muerte. “¿Y si no es así? ¿Si lo probó?”, sollozaba mi amiga sin aceptar mis razonamientos.
Contemporáneas, Inés y yo nos prometimos nunca incluir en ninguna oración la expresión “en mis tiempos”; estamos convencidas de que nuestros tiempos son todos, tanto los pasados como los presentes.
Aclarado este punto, mi amiga y yo recordamos que durante nuestra adolescencia, tomamos poco alcohol y no nos emborrachamos. Todos fumamos, eso sí: el cigarrillo no estaba satanizado —como bien lo está ahora— y no se conocían todas las consecuencias nocivas que provoca. La marihuana circulaba; la cocaína solo en ciertos círculos. ¿Pero thinner?
En los años 60 viviendo en Bogotá había conocido el terrible fenómeno de los niños de la calle y sabía que la vida insoportable a la que estaban expuestos los impulsaba a adormecerse con productos químicos baratos. Aunque en esa década no se veían chicos miserables en las calles de San José, algunos muchachos pobres se drogaban con thinner o lo que tuvieran a mano.
Comprendo la terrible angustia de Inés: imaginar a chicos tan pequeños pegados a una bolsa plástica oliendo profundamente diluyente para pinturas es de terror.
Recuerdo una sicóloga especialista en educación que —en el inicio del curso lectivo de una institución educativa— compartió con varios padres una anécdota sobre su hija. Una noche, al ir a recoger a su pequeña de 15 años a una fiesta, la mujer encontró a varios adolescentes fumando. Resignada concluyó: “Mejor que fumen a que tomen”. Semanas después, en otra reunión nocturna, los encontró tomando alcohol; no muy contenta se dijo: “Mejor que tomen a que se droguen”. En la siguiente fiesta los descubrió fumando marihuana y trató de consolarse pensando: “Mejor que consuman marihuana y no otras drogas”. Yo podría concluir: sí, tal vez, todas esas cosas… ¿Pero thinner?
No es fácil vivir en el inicio del siglo XXI: el sida, el papiloma, el A H1N1, el regreso de enfermedades erradicadas, la crisis económica, el calentamiento global, la inseguridad ciudadana, el estrés. Pobres chicos navegando en tiempos tormentosos… ¿Pero thinner?

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